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domingo, 18 de septiembre de 2011

La odisea del recién titulado




Ha llegado el momento: el estudiante acaba su carrera y se dispone a entrar, con paso algo tembloroso, en el misterioso e inhóspito mundo laboral.

En años anteriores, ha tenido la oportunidad de leer artículos relacionados con ése mundo: la creatividad, la competitividad, la crisis, el paro, las ofertas de empleo… Son conceptos marcados a fuego pero poco o nada experimentados previamente. Lo único que tiene es su título- recién salido de la impresora de la facultad- y esperanzado de que, tarde o temprano, esos años de estudio reciban su recompensa: un puesto de trabajo.
Sin embargo, lo que no sabe este recién titulado son las necesidades reales del mercado, y por lo tanto, las exigencias de las empresas a las que piensa acceder.

Pasa el tiempo, y tras unas cuantas entrevistas y con su orgullo algo lastimado decide embarcarse en un nuevo proyecto: estudiar un posgrado.

La decisión se complica con la enorme oferta, muchos títulos propios y pocos oficiales: ¿qué significará? ¡Eso no lo ponía en los libros de texto! Tras deliberar opta por uno de ellos, tranquilo de que pasará un par de años en los que podrá posponer el enfrentamiento a ése extraño mundo que todavía no comprende del todo, suponiendo que una vez acabado el curso, tendrá la suficiente fuerza y energía para acceder a él sin dificultades.

Una estrategia que aunque resulte evidente que es errónea  es de lo más común, y todo por no decidirse a conocer los entresijos del mercado ni hacer frente a nuestros propios miedos: miedos que tienen por nombre falta de control, fracaso o falta de asertividad entre otros muchos.

Seamos francos: los idiomas y la experiencia resultan indispensables en un mundo en el que sobran los “recién titulados”. Los títulos están bien pero sólo si se complementan con una buena práctica. Pero no hay que alarmarse, hay formas baratas y accesibles que nos permiten alcanzarlas: voluntariado tanto nacional como internacional, prácticas en empresas o experiencias en pequeños trabajos son herramientas que nos ayudarán a adquirir habilidades vitales para hacernos visibles frente a una empresa: madurez, disciplina, voluntariedad, emprendimiento, creatividad, aptitudes que permitan afrontar el estrés y las situaciones críticas… Todas ellas son virtudes que buscan las empresas y que pueden hacerse evidentes en un currículo que demuestre diversidad de experiencias y de competencias.


Por todo esto, os animo a lo siguiente: preguntaros acerca de vuestra motivación e investigad medios para poder responder a las demandas de las empresas. ¿Cuidar niños en un país anglosajón para aprender inglés? ¿Trabajar de camarero para mejorar habilidades como el carisma o el trato con el público? ¿Tener una experiencia de voluntariado en un campo de trabajo que nos ayude a conseguir disciplina y empatía? Y yo os respondo: ¿Por qué no? El tiempo me ha enseñado a que ninguna experiencia es desdeñable y que toda persona tiene una buena historia de la que podemos aprender. Está en nuestras manos aprender de todas ellas. Y eso las empresas también saben apreciarlo.

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