sábado, 3 de septiembre de 2011

El caso del estrés profesional

Estrés significa esfuerzo de adaptación, por lo tanto los cambio positivos como los negativos, por ejemplo, tanto ascenso como un despido, lo producen. En todo esfuerzo de adaptación el organismo se activa para poder afrontar la situación, ya sea luchando o huyendo, produciéndose unos cambios fisiológicos característicos: aumento de la frecuencia del corazón, aumento de la presión arterial, aumento del consumo de glucosa, aumento de la respiración, etc. Un cierto grado de estrés o esfuerzo de adaptación es necesario para mantenerse vivo, activo y capaz de afrontar variables del entorno interpretadas como retos positivos.


Sin estrés no existe desarrollo. Estar vivo es estar adaptándose continuamente a nuevas variables, y este estrés resulta estimulante y saludable. 


Podemos decir que existen dos tipos de estrés: el estrés sano y el estrés perjudicial. El estrés sano es toda activación del organismo orientada a adaptarse a una situación interpretada como desafío y que va seguido de percepción de logro y desactivación. Este proceso de activación/desactivación depende de la percepción de equilibrio entre las demandas de la situación y los recursos de control de las mismas, y se asocia a una experiencia emocional de bienestar y éxito. Los esfuerzos de adaptación vividos como retos positivos para alcanzar objetivos atractivos pueden llegar a movilizar recursos adaptativos insospechados, produciendo más bien activación positiva que estrés perjudicial.


Por el contrario, el estrés perjudicial o distrés es toda activación del organismo orientada a tratar de adaptarse a una situación interpretada como amenaza y que no va seguida de desactivación y percepción de logro. La falta de desactivación propia de los estados de estrés perjudicial se asocia a un desgaste orgánico por hiperfunción y a una experiencia emocional o falta de control, irritabilidad y fracaso.


Mantener crónicamente un sobreesfuerzo por encima de los propios recursos de control constituye un fracaso adaptativo que conlleva a una mayor vulnerabilidad a padecer enfermedades tales como la ansiedad, la depresión, el infarto de miocardio, la úlcera de estómago, o enfermedades de base inmunilógica.

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