domingo, 26 de junio de 2011

Vivir el presente para ser feliz


La felicidad no está condicionada por las situaciones, no es un estado que se alcance, ni que se pueda perseguir. Según avalan distintos estudios e investigaciones, es posible ser feliz cada segundo de la vida, únicamente depende de uno mismo, de nada más.

Por Mercedes de la Rosa

Llega un mensaje al móvil con la pregunta: “¿Cómo te sientes en este momento?”, y cinco posibles respuestas que van desde “muy mal” hasta “muy bien”. Marcada la última opción, ipso facto, una nueva interrogación: “¿Qué estás haciendo?”. Entre las 22 opciones que se proporciona, una elección: “trabajar”; al instante, una nueva cuestión: “¿estás pensando en otra cosa que no sea lo que estás llevando a cabo?”. Inevitablemente, “sí”. La pantalla del teléfono vuelve a interrogar: “¿lo que piensas es placentero, neutro o te provoca tristeza?” Respuesta: placentero, aunque no da pie a explicar que los pensamientos deambulan por las próximas vacaciones…

Este interrogatorio forma parte de un estudio sobre la felicidad que un grupo de psicólogos de la Universidad de Harvard lleva a cabo a través de una aplicación del teléfono iPhone. Los primeros resultados de Track Your Happiness (Siga su felicidad), publicados el pasado mes de noviembre en la revista Science, revelaron que la mayor parte de los 5.000 encuestados no eran felices porque, según los psicólogos, no estaban viviendo el momento presente. La felicidad, según concluye el estudio, consiste en vivir cada instante plenamente, sin anclarse en el pasado (que ya no está) ni proyectarse en el futuro (que únicamente vive en la mente). Para ser feliz hay que vivir el presente.

Cualquier persona tiene la capacidad de ser feliz, porque la felicidad es el estado natural del ser humano, está en la base de todo lo que hacemos”, apunta Antonio Jorge Larruy, investigador en autoconocimiento y autor del libro Espacio interior. La aventura de ser uno mismo. “El problema, o la infelicidad, viene –añade– cuando condicionamos la felicidad a circunstancias o a situaciones concretas. Nos pasamos la vida buscando la felicidad fuera; la ligamos a unos resultados, a un estatus, a unas situaciones futuras y, cuando conseguimos aquello que prometía dárnosla, resulta que no somos felices. Por mucho que yo tenga, no voy a ser más feliz. La felicidad sólo depende de uno mismo, de nada más. Y está en nosotros”.

¿Quién no ha fabulado alguna vez con su felicidad? “Seré feliz cuando consiga un trabajo mejor, cuando encuentre una pareja, cuando me adelgace, cuando pueda comprarme una casa más grande…”, y una vez llega el anhelado momento, la sensación de bienestar y de plenitud que se perseguía brilla por su ausencia.

Detrás de aquello concreto que buscamos, una pareja, un trabajo mejor o una casa más grande, lo que verdaderamente buscamos es sentirnos de una determinada manera. Es un anhelo de felicidad –apunta Larruy–, pero para lograrlo hay que desligarlo de esas formas y reconocer que esa felicidad está en nosotros. Esperar que una casa, una persona o un trabajo te haga feliz es absurdo”. Pero hay quien lo cree.

Y es que parece ser que el error viene de lejos. “Desde niños nos dicen: si haces esto, lograrás esto…; si haces lo otro, lograrás lo otro…, y nos quedamos con la creencia de que para alcanzar la felicidad hay que conseguir una serie de objetivos –continúa Larruy–. Nos educan pensando que la felicidad es una consecuencia de las cosas, y no es así, la felicidad es lo primero, y después están las cosas”. Por ello, aboga por pautas educativas con fórmulas como: “Tú eres feliz hagas lo que hagas”.

Esta afirmación, que muchos ponen en duda, especialmente cuando pasan por un momento que denominan “difícil” o “complicado”, ha sido avalada en las últimas décadas por decenas de estudios tanto científicos como psicológicos y de autoconocimiento. Si no, ¿cómo se explica que los habitantes de las barriadas más pobres de Manila se manifiesten mucho más felices que los habitantes de la multimillonaria Hong Kong, cuya renta per cápita es veinte veces mayor?, ¿que personas con enfermedades crónicas puedan sentirse más plenas que personas sanas?, ¿o que personas que ganan la lotería no se sientan más felices que el resto de los seres humanos?
Larruy lo explica de manera sencilla: “Una persona logra ser feliz cuando vive plenamente la vida aceptándola como le viene. Cuando pone su atención en el presente y no necesita manipular las cosas para que salgan de una determinada manera”.

Uno de los grandes obstáculos con que se encuentra la población en Occidente para hallar la felicidad es que ha cimentado las bases de esta en el tener, en lugar de en el ser. Esto explica que, a pesar de que nunca antes en la historia se había atesorado tanta cantidad de riqueza material, tampoco se había llegado a grados tan altos de insatisfacción personal.

La sociedad actual es un fiel reflejo de que algo falla en el intento de ser felices. La depresión, la ansiedad, la angustia y el estrés están a la orden del día, y su incremento ha provocado que, en los últimos veinte años, según datos del Ministerio de Sanidad, el consumo de antidepresivos y tranquilizantes en España se haya multiplicado por cinco. Todo apunta a una misma dirección: se busca la felicidad en el lugar equivocado. Que el pueblo filipino, con un alto índice de pobreza y cuyo territorio es el más afectado por desastres naturales, según el Centro de Investigación y Epidemiología de Desastres, sea más feliz que sus multimillonarios vecinos da que pensar. 

Quizás sea todo tan sencillo como que los primeros viven al día, sin preocuparse por si un huracán sacudirá sus casas, con una extensa red de apoyo social y familiar, mientras que la presión consumista, la incomunicación, el estrés y la importancia que dan al futuro los segundos les impiden disfrutar del presente.

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