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sábado, 30 de abril de 2011

¿Por qué los líderes deben ser optimistas?


El optimismo se basa en la capacidad de identificar lo positivo y modificable para concentrar allí la energía. La confianza en uno mismo y en los otros resulta clave para mantener esta actitud.

Por Juan Maria Segura

De acuerdo con la definición del profesor español David Isaacs, el optimismo es la capacidad de distinguir, en primer lugar, lo que es positivo en sí mismo y las posibilidades de mejora que existen frente a una situación determinada y, a continuación, las dificultades y obstáculos que se oponen a dicha mejora. Esta definición, con la que encuentro gran afinidad, parte de un supuesto que difiere de la creencia popular que considera al optimista un idealista, batallador irracional o negador de la realidad.

Contrariamente, Isaacs destaca que el optimista parte de un diagnóstico muy preciso del estado de cosas, entiende muy bien en donde está parado y la complejidad de la situación que enfrenta. Sólo que, consciente y deliberadamente, identifica lo positivo y modificable, y allí concentra todas sus energías, afrontando el proceso con deportividad y alegría. La persona optimista confía razonablemente en sus propias posibilidades, en la ayuda que le pueden proveer terceros, y en las posibilidades que los demás poseen.

Por lo tanto, el optimismo no es un simple estado de ánimo, que mejora o empeora al ritmo de la situación inmediata de contexto; por el contrario, es algo más profundo, estable y permanente. Es una actitud frente a la vida -en especial frente a las situaciones problemáticas- y una creencia que emana de la paz interior, que encuentra en la confianza, tanto en uno como en los demás, su base de sustentación. El optimista vive sin temor el presente y desde allí se lanza hacía un futuro que sabe es mejorable. Y disfruta alegremente el tránsito. El optimista es, por consiguiente, un alegre viajero con los pies sobre la tierra.

Veamos ahora cómo se conectan estos conceptos con el liderazgo.

El liderazgo es una habilidad que nada tiene que ver con poderes sobrehumanos ni con actos heroicos ni con combinaciones cromosómicas. Por el contrario, es la capacidad de movilizar a terceros por creencia y convicción más que por imposición o por actos de embrujo e hipnotismo. Las personas en condiciones de ser lideradas suscriben la propuesta del futuro mejor que el líder tiene para ofrecer, adhieren el modelo de liderazgo propuesto, con sus valores, códigos y formas, y se embarcan a la aventura de construir algo superador. Racional y conscientemente, observan primero, luego eventualmente compran y finalmente se suman a la tarea de co-crear.

Por supuesto que en una organización, la jerarquía y autoridad formal están presentes, dejando poco espacio para que las personas no suscriban las consignas de trabajo propuestas por el jefe. Sin embargo, existe una gran diferencia entre trabajar y apasionarse con la tarea, y el resultado que emana en cada caso es bien diferente. Por ello, en una organización existe liderazgo cuando se crean condiciones de trabajo y colaboración en donde todos los integrantes del equipo se comprometen con los resultados colectivos del grupo en el largo plazo y trabajan incansablemente en su consecución, aun cuando el líder ya no está presente. El líder es un creador de ambientes y de equipos de trabajo, pero, por sobre todas las cosas, es un creador de impactos. Así como no hay líder sin visión de futuro, tampoco lo hay sin impactos o resultados tangibles.

Siendo que los liderados deben responder a una propuesta de trabajo aspiracional pero realizable, el liderazgo, así como el optimismo, encuentra en la confianza su base de sustentación. El líder confía en sí mismo, en su capacidad y visión, de la misma manera que confía en su equipo de trabajo y en la capacidad de su gente. Confía en la capacidad de transformación que todas las personas poseen una vez que se ha tocado la fibra adecuada, y también confía en que, una vez que se haya podido modelar la causa adecuada, la participación de todos mejorará la especificación del camino y las prácticas a llevar a delante para lograr su consecución.

Liderazgo y optimismo están íntimamente conectados a través de la confianza, tanto en uno mismo como en los otros. Esta virtud, largamente desarrollada por Fukuyama en su clásica obra del mismo nombre, entrelaza de una manera duradera las voluntades de muchas personas con orígenes e historias diversas, logrando que se dediquen alegre y apasionadamente a una tarea que consideren ennoblecedora, dignificante y realizable. La ausencia de confianza impide el desarrollo de actitudes optimistas que accionan diariamente con deportividad y alegría sobre aquello que es modificable, y de ambientes de trabajo constituidos para construir aquel futuro superador propuesto por el líder. Sin confianza no hay optimismo ni posibilidades de liderar.

Por consiguiente, la construcción de capital social no es una tarea sólo reservada a políticos, legisladores y sociólogos. La empresa también es un ámbito en donde la ingeniería social es posible y necesaria. Los directivos deben establecer y alentar prácticas y políticas que incrementen el stock de confianza en una organización, generando ambientes de trabajo propicios para competir en la nueva arena global.

Fuente: MateriaBiz

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