domingo, 13 de febrero de 2011

Predicar con el ejemplo


Siempre se ha dicho que las palabras mueven, pero el ejemplo arrastra. Y esto que se aplica a la vida personal, obviamente también encuentra su aplicación a la realidad empresarial.

En estos momentos de crisis, muchos empresarios piden sacrificios a sus trabajadores. También la Administración Pública, pide a sus funcionarios y a su personal laboral múltiples sacrificios. Hay que aumentar la productividad y para ello, entre otras cosas, hay que trabajar lo mismo, por menos dinero. Ahí tenemos el recorte del salario de los funcionarios, la compensación y absorción de las subidas salariales o la disminución drástica de la retribución variable, que muchas empresas aplican a sus empleados.

Qué duda cabe que cuando las cosas vienen mal dadas, es momento de arrimar el hombro. Tanto la empresa como el trabajador navegan en el mar de la economía y ambos deben ser aliados en esta lucha continua por navegar con brío o simplemente, mantenerse a flote. No se pueden concebir las relaciones laborales desde el antagonismo. Actuar desde la confrontación lo único que provoca en muchas ocasiones, es hundir el barco, momento en el que todos perecen, o que el barco se vaya a navegar a aguas más tranquilas. Es la deslocalización.

Cada vez somos más conscientes de esta realidad, más que nada porque si algo nos han demostrado estos últimos tres años, ha sido que no nos movemos en lagos o mares cerrados, sino en océanos donde la movilidad empresarial es muy sencilla.


En esta situación, es muy frecuente encontrarse con la queja, amarga queja de los trabajadores, según la cual, las empresas solo se acuerdan de ellos en las épocas de vacas flacas y no en las de gordas. Las empresas, afirman, cuando se obtienen beneficios se los quedan, sin repartir nada, pero cuando hay que apretarse el cinturón, lo primero que hacen es dirigir la mirada a los trabajadores y exigir recortes.
En muchas ocasiones esta recriminación esconde grandes dosis de verdad, aunque otras, refleja una visión distorsionada de la realidad empresarial, orillando quién asume el riesgo y ventura de la actividad y quien, en definitiva, con su trabajo, medios y arrojo, tiene derecho a obtener mayores réditos.

Es preciso saber que no todos los empleados se comprometen ni asumen los valores de la compañía por igual y es preciso también saber que no se pueden exigir los mismos sacrificios a todos. No todos los trabajadores son iguales y por ello, cuando se adoptan medidas de ajuste, no se deberían exigir por igual. Así como a los directivos se les trata de una manera preferente, con la concesión de beneficios sociales y mayores salarios, también en los momentos difíciles es preciso exigirles un sacrificio proporcional a sus haberes.

No ser consientes de estos elementos puede dar, da de hecho, al traste muchas políticas de contracción del gasto o austeridad, provocando ambientes realmente enrarecidos en la plantilla, lo que provoca que la productividad que se podía ganar con el ahorro de costes, se pierda con un trabajo desmotivado.

Por lo tanto, hay que explicar la necesidad de aplicar este tipo de medidas en una situación tan compleja como la que vivimos, pero sobre todo, es preciso predicar con el ejemplo y que quien anuncia la medida, pueda ponerse como paradigma. Una cosa sí les aseguro, no es fácil.

Fuente: El Rincón Laboral

No hay comentarios:

Publicar un comentario