miércoles, 9 de febrero de 2011

¿Hay que ser un canalla para llegar a director general?


Pésimo, cruel, blando, pusilánime, inepto, déspota, inseguro… Estos suelen ser los calificativos que reciben los jefes, pero, ¿cabrón? ¿Tildaría así a su superior?

Por: Beatriz Elías

 Antonio Agustín y Sofía Delclaux reflexionan en ¿Hay que ser un cabrón para llegar a Director General? el modelo de gestión basado en el interés, sin preocuparse por los colaboradores, y utilizando el puesto en beneficio propio. Esta obra pretende profundizar en si es necesario ser este tipo de persona o no para ser un buen directivo.

En ocasiones a los empleados se les escapa un insulto para definir a su jefe. Unas veces puede ser motivo de una situación puntual que no gusta. Pero otras puede ser fruto de un modelo de gestión basado en el propio interés, en una total despreocupación por los demás, según el cual el superior sólo busca el beneficio propio. Siguiendo este modo de ser el jefe actúa como un cabrón, y sobre esta actitud han reflexionado Antonio Agustín y Sofía Delclaux en el libro ¿Hay que ser un cabrón para llegar a Director General?

Los autores consideran que para "ejercer de director general lo más relevante es hacer bien el trabajo, poseer talento y saber gestionar a las personas. No ser cabrón implica no considerar a sus colaboradores como instrumentos". En cambio, un CEO cabrón es aquel que es egoísta, que se aprovecha de las situaciones, no aporta soluciones y se guía por el corto plazo. Según los autores serlo o no es una opción y ellos abogan por elegir la senda del bien, aunque sea una elección incómoda. De acuerdo con este mundo, siendo un cabrón se pueden conseguir más cosas y de una forma más rápida. Pero no será recordado como una buena persona ni tampoco conseguirá buenos resultados a largo plazo.

Para llegar a estas conclusiones, Agustín y Delclaux han entrevistado a cinco grandes directivos que tienen en común ser máximos responsables de sus empresas y haber tomado como opción personal no ser un cabrón en sus puestos de responsabilidad. En un tono distendido, los protagonistas cuentan su experiencia como altos mandos y las anécdotas en su trabajo diario, para así, dar respuesta a la cuestión que plantea el libro.

Domènec Crosas, director general de Sanitas Residencial

Para este ejecutivo, "lo que hace falta para ser un director general es escuchar al accionista y hacer exactamente lo que pide, ser un buen jefe de personas, ser honrado y procurar ser equilibrado y un trabajador constante".

Para Crosas, el profesional que tiene más peligro es el tiburón de sala de juntas porque es un perfil que medra fácilmente y que dedica su talento a conseguir buenos puestos. Y son peligrosos porque "son simpáticos, inteligentes, pero trabajan para construir su carrera profesional, e intercambian favores de empresa por favores personales. Eso es ser un auténtico cabrón". Este director general cree que para su puesto se requiere inteligencia y humildad.

Miquel Lladó, presidente de Bimbo

Lladó cuenta que se debe unir el propio conocimiento al de los demás. Es decir, no se puede actuar solo, se debe contar con el talento de los colaboradores.

Según este directivo, "hay que lanzar mensajes positivos, preguntar y provocar la reflexión". Además, el mal comportamiento se pega: "Si el CEO es cabrón, posiblemente el equipo lo acabará siendo".

Bill Derrenguer, consejero delegado de Kellogg´s

Para él, simplemente, si un director general es cabrón es que tiene malas intenciones, por eso "no creo necesario ser mala persona para llegar a ser y ser director general". Pero, ¿qué es ser buena gente? "Desear el bien a los demás y querer a las personas". La clave se encuentra en la filosofía de trabajo: "El modelo de gestión depende de la dirección general y es lo que marca la diferencia entre los cabrones y los no cabrones".

Ricardo Currás, presidente de Dia%

El presidente de la cadena de supermercados define a los cabrones según su forma de afrontar los marrones y reconoce que el modelo cabrón listo está presente en muchas empresas de éxito.

Él define al director general como aquel que "debe ser inspirador, capaz de valorar y priorizar las iniciativas de las personas que trabajan con él". En cambio, el mal jefe es el que ve a sus colaboradores como instrumentos, como mera utilidad. Currás, además, destaca que "el entorno es clave: si uno sufre cabronadas, acabará siendo un cabrón". Por eso, es importante rodearse de buenas personas, que para este alto cargo son las respetuosas y las que tienen empatía.

Benito Vázquez, consejero delegado de Everis

"Los directores generales más cabrones son los que no sólo no respetan a su gente, sino que, además, hacen un uso abusivo de su puesto de trabajo generando miedo", cree Vázquez. Según este ejecutivo, el director general debe crear un entorno positivo y un buen ambiente que no desmotive y cree oportunidades.
Este consejero delegado reconoce que no es tarea sencilla y que un cargo de esta índole debe contar con talento y sensibilidad.

A partir de aquí, cabe la reflexión. ¿Es un director general cabrón o no? ¿Es su jefe un cabrón que se aprovecha de su equipo?

Fuente: Expansión

No hay comentarios:

Publicar un comentario