martes, 11 de enero de 2011

Las tres caras de la personalidad

Cada uno tenemos un estilo propio y personal de ser. Eso es la personalidad. Conjunto de pautas de comportamiento potenciales y actuales, que tienen como resultado un estilo de pensar, sentir, relacionarse, y afrontar los avatares de la vida.

Por: Enrique Rojas

Hasta llegar a su configuración, atravesamos diversas etapas, que van desde la infancia a la pubertad, pasando por la adolescencia y primera juventud, hasta ir buscando el equilibrio de belleza compleja que se recorta sobre un fondo impreciso, que es la realidad y la historia personal.

Pero son tres las caras que presenta. Toda ella descansa sobre dos arbotantes: la herencia y el ambiente, el equipaje genético y el entorno. La tercera cara la constituye un patrón de características psicológicas complejas, profundamente arraigado, que van siendo cada vez más inconscientes y difíciles de cambiar. Estas tres facetas configuran el mapa personal.

Las tierras altas están impregnadas por dos grandes territorios: la inteligencia y la afectividad. Ellas producen dos productos decisivos: razones y sentimientos, la lógica y todo lo emotivo. Las tierras bajas son biológicas, aunque también se ven impregnadas por las zonas vecinas. Por eso la personalidad es aquel conjunto de ingredientes físicos, psicológicos, sociales y culturales, que dan lugar a un sello personal e intransferible.

La personalidad tiene zonas transparentes y opacas. Cristalinas y veladas. Lo nítido, diáfano y límpido, como un cristal que deja ver lo que hay detrás, frente a sectores desdibujados, nebulosos, esmerilados, presididos por la borrosidad.

De esa poderosa aleación surge la forma de ser de cada uno. Hay en su seno dos nociones a destacar. El carácter y el temperamento. El primero es un término derivado del vocablo griego gravar y se refiere a la parte de la personalidad adquirida. El segundo está más ligado a la herencia y fue una palabra que se introdujo en la lengua inglesa en la Edad Media y representa dos cosas: el sustrato biológico y las formulaciones de los clásicos cuatro humores que tenía la naturaleza humana

El carácter se puede modificar sobre todo mediante la psicoterapia, como arte para corregir errores y defectos. El temperamento es menos moldeable y necesita de la farmacoterapia para transformarse y reajustar sus esquemas operativos. Fue Galeno, ese médico excepcional, romano, que vivió en el siglo II después de Cristo, el que describió la doctrina de los cuatro temperamentos: flemático, sanguíneo, colérico y melancólico.

Ya Aristóteles había descrito tres tipos humanos: unos en los que predominaba la «cabeza» y cuya principal virtud era la prudencia: correspondía esta estirpe a los filósofos, los sofistas, los sabios de su tiempo. Otros en los que dominaba el «pecho» y que debían vivir especialmente la virtud de la fortaleza: correspondía este grupo a los guerreros. Y una tercera modalidad que se refería a las personas regidas por el «abdomen»: eran los menestrales, los esclavos y en general la gente de condición más sencilla; la virtud a la que debían aspirar era la templanza.

Cervantes ligó personalidad y morfología corporal a través de sus dos grandes personajes. Don Quijote es alto, delgado, huesudo, longilíneo, con predominio de los diámetros longitudinales; su forma de ser es introvertida, hipersensible, idealista, él no vive con los pies en la tierra y lucha contra molinos de viento y se arma caballero en una venta manchega. Por el contrario, Sancho es bajito, rechoncho, con predominio de los diámetros transversales; psicológicamente es abierto, extravertido, comunicativo, ciclotímico (su estado de ánimo oscila de la alegría a la melancolía), vive pegado a la realidad, tiene los pies en el suelo, aunque sueña con la ínsula Barataria.

A principios de este siglo, el psiquiatra alemán Kretschmer categorizó la personalidad según el tipo físico, de un modo más empírico, en tres modalidades. El «leptosómico»: alto, escuálido, de musculatura delgada y de estructura ósea delicada; introvertido, profundo, hipersensible; con una cierta tendencia hacia lo esquizoide. El «pícnico»: ancho, con un tórax y un abdomen compacto y extremidades cortas; extravertido, superficial, con facilidad para el contacto interpersonal; su inclinación patológica es hacia la ciclotimia, hacia lo que hoy denominamos la depresión bipolar, el circular de la depresión hacia la euforia. Y en tercer lugar, el «atlético»:
de complexión recia, con un desarrollo muscular fuerte y gran dotación esquelética; explosivos, irascibles, primarios; su debilidad o tendencia era ir hacia la epilepsia.

El psicólogo francés Ribot a finales del siglo pasado y siguiendo la línea de las clasificaciones botánicas, sistematizó dos rasgos esenciales: sensibilidad y actividad. De ahí se desprendían cuatro caracteres: activo, contemplativo, calculador y apático. A principios de este siglo, dos psicólogos holandeses, Heymans y Wiersma, hicieron una evaluación partiendo de tres criterios empíricos: emotividad, actividad y susceptibilidad. Y de ahí sacaron una clasificación en ocho modalidades: amorfo, apático, nervioso, sentimental, sanguíneo, flemático, colérico y desapasionado.

Para Freud, la geometría de la personalidad es un tríptico: el «yo»: es el centro rector de la personalidad, que rige y pilota todo; el «ello», que es la parte instintiva y primaria; y el «super yo», que es aquella parcela en la que descansan las normas morales y sociales. De ese juego de engranajes sale la conducta personal.

En las modernas teorías cognitivas, se sostiene el criterio de que nuestra forma de ser depende de cómo procesemos la información que nos llega, cómo cada uno conceptualiza los acontecimientos. Todo depende de la interpretación individual.

Esto tiene una enorme importancia. En mi libro «La ilusión de vivir», insisto en que la felicidad no depende de la realidad, sino de la interpretación de la realidad que yo hago, de ese personal punto de vista que yo aplico al hacer balance personal, haber y debe de mi trayectoria.

Cuando se es niño, uno está abierto a tantas cosas, que es como una esponja que absorbe todo lo que le llega. En la adolescencia todo es posibilidad. En la etapa adulta, ya hay resultados, cada segmento de la travesía rinde cuentas de su viaje. De igual modo, en un principio la personalidad tiene unos contornos indefinidos, difusos, demasiado amplios, abiertos a cualquier avatar. Más tarde, todo se va perfilando
y cada dimensión de ella adquiere concreción. Y saltan las necesidades, los motivos, los esquemas mentales, las influencias de aquí y de allá, los mecanismos de defensa, los modelos de identidad... La inteligencia es la torre vigía que escruta el horizonte y mira al cielo agujereado de estrellas, que nos eleva por encima de su firmamento. Es la ilusión de llegar a ser uno mismo. Cumpliendo así aquel viejo lema de Píndaro: «Atrévete a ser el que eres». Saca lo mejor que llevas dentro.

En la personalidad madura, con un buen equilibrio interior, hay una vivencia clara: la de estar contento consigo mismo. Que puede ser expresada también de otro modo: llevarse uno bien consigo mismo. La tarea de educar va precisamente en esa dirección. Educar es enseñar a pensar y a valerse por sí mismo. La cultura va más allá: enseñar a vivir y a mantenerse a flote. Por eso el maestro auténtico sirve de modelo de identidad, propone y sugiere pautas y comportamientos que no vienen en los libros y que él manifiesta con lo que dice y con lo que silencia.

Los psiquiatras, como buceadores en los cuartos traseros del fondo de la personalidad, tenemos la misión de detectar la frontera entre lo normal y lo patológico. La cuestión no es tan fácil como a primera vista puede parecer, pues hay unos límites borrosos, desdibujados. El mundo de los matices tiene ahí una enorme importancia. Tener una personalidad sana es mucho. Es tanto, que yo diría que es el puente levadizo hacia el castillo de la felicidad.

En otros términos: la puerta de entrada a la felicidad se llama equilibrio y armonía personal. La personalidad es la carcasa; la felicidad, su contenido. En la entrevista psiquiátrica lo que hacemos es conversar con el otro.

Conversación significa literalmente acción-de-ver-con-el-otro. Posibilidad de entrar en su mundo interior y analizarlo. Por ese derrotero empezamos a descubrir cómo es y qué le pasa y cómo se encuentra. Si la personalidad está bien edificada, es como si hubiéramos construido una balsa para sobrevivir, cuando las aguas están turbias y encrespadas y amenaza el naufragio. Y el amor.
Fuente: http://enriquerojas.com/

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