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jueves, 9 de diciembre de 2010

¡Creer y vencer!


Las adversidades que nos presenta la vida condicionan de manera definitiva nuestra actitud hacia ella. Nuestras actitudes, a la vez, influyen de manera determinante en nuestra forma de encarar la rutina diaria. Esta es una dinámica ineludible del vivir y no existe posibilidad alguna de evadirla. Solo queda aprender a desenvolverse en este “juego” donde las reglas han sido establecidas desde siempre: o salimos victoriosos del proceso o el proceso nos derrota.


La vida misma ha demostrado que las únicas personas que salen siempre airosas al enfrentar las continuas y duras adversidades que presenta la existencia son los Creyentes. Sólo las personas que “creen” pueden superar con ventaja las pruebas. Los incrédulos son víctimas permanentes de esta dinámica impiadosa.

Conceptualmente el “Creyente” no solo está asociado a un dogma o a una doctrina. El creyente, como el término mismo lo indica, es la persona que “cree” en algo. Si bien es cierto que el carácter de este “algo” fortalece, o no, la propia creencia, su sola existencia habilita una participación ventajosa en el proceso.

Alguien podrá argumentar que en el fondo todos los seres humanos creen en algo y por lo tanto aplican en la categoría, pero esto no es así por un hecho muy simple: el Creyente vive activamente en función de lo que cree. No se trata solo de creer, se trata de vivir en función de lo que se cree. Y vivir en función de lo que se cree no es una cosa simple, precisa carácter. Esto último reduce notablemente el número de personas que pueden inscribirse en la categoría.

Otros podrán argumentar sobre la calidad moral de la creencia porque efectivamente existen quienes creen prácticamente “cualquier cosa”. Pero estos últimos tampoco se inscriben entre los que pueden transitar victoriosos en la vida porque de mala semilla no emerge buen fruto. La vida siempre paga bien por bien y mal por mal.

Los Creyentes son un grupo selecto de personas muy coherentes consigo mismos, muy fuertes. Sostienen una poderosa visión, se esfuerzan mucho por alcanzarla, no miran innecesariamente a derecha o izquierda y tienen muchísima paciencia. Por el solo hecho de creer firmemente son personas muy seguras, se desenvuelven siempre en primera línea y pocas veces miran atrás. El hombre que cree sostiene la mirada hacia el naciente y la espalda hacia el poniente. La dimensión temporal en la que se desenvuelve es el Futuro, nada puede hacerse sobre el pasado y el presente solo es punto de partida para lo porvenir.

El tamaño del Creyente es proporcional a su creencia, en tanto ésta sea mayor también él es mas grande. Por eso es necesario evaluar profundamente la naturaleza y la dimensión de aquello en lo que creemos. Por otra parte en tanto mayor la dimensión de aquello en lo que se cree, mayor es la humildad del Creyente, mayor su capacidad de medirse honestamente y mayor su respeto hacia las poderosas energías que gobiernan las circunstancias.

Debemos reflexionar profundamente sobre las cosas en las que creemos porque de ellas depende la Calidad de vida que nos espera.

Es necesario, pero no es suficiente, Creer en uno mismo, debe también creerse en los demás. Esto no es sencillo pero es indispensable; la caminata que nos está deparada no puede hacerse de ninguna manera en solitario. El hombre solitario es una de las criaturas más indefensas de la naturaleza y es también una de las más carentes porque con este solo hecho demuestra su incapacidad de “ser” también para otros. Creer en los demás y recibir de ellos lo que se espera y se necesita es producto de haber dado mucho y de muy buena calidad. El Creyente ha sembrado en los demás aquello que ahora demanda y que ahora recibe para encarar con ventaja las adversidades. Sembrar en los demás lo que se quiere recibir de ellos es otra de las tareas que tamiza dramáticamente la categoría de los creyentes. Pocos pueden hacerlo y aún muchos menos pueden sostenerlo durante el largo y accidentado camino que presenta la vida.

Todo lo que el Creyente profesa se manifiesta en Positivo, no existe margen alguno para lo negativo. El Creyente genuino (porque hay mas creyentes falsos de lo que uno se pueda imaginar), piensa en positivo, actúa en positivo y soporta la adversidad, el fracaso y la perdida en Positivo. Este es otro factor que califica la categoría porque tampoco es sencillo de llevar a la práctica, es cierto que el peso de la vida es infinitamente mayor sobre el cuello de una persona que sobre una hoja de papel como esta; pero ello no desacredita la afirmación: si el Creyente no se desenvuelve en Positivo le quita poder a la propia creencia, porque esencialmente es necesario CREER que las cosas suceden para bien porque uno mismo actúa bien. Lo negativo es como una corriente de agua que surca por el cauce que uno establece, y si se le brinda espacio en el dominio de la creencia, allí ingresa y lo inunda todo. El hombre negativo no solo es producto de pensamientos pesimistas que emergen de un cálculo “objetivo” de las probabilidades, es también una víctima bastante consciente de sus propios actos negativos, los cuales difieren mucho de los “errores”. Estos últimos se cometen siempre y no tienen nada que ver con la actitud Positiva o negativa, son elementos naturales de la vida. Un acto negativo es otra cosa porque trae aparejada una consecuencia negativa. El Creyente debe tener la firme convicción de que los actos de bien solo producen buenos resultados y de allí debe emerger la seguridad granítica de VIVIR en Positivo. CREER esto último es parte esencial de reconocerse Creyente.

Por último el Creyente hace uso sin pausa del arma más poderosa que le está reservada a los pocos y selectos que se incluyen en la categoría: la gratitud. Para el Creyente la gratitud es un arma, no es sólo una actitud, constituye el combustible que lo acerca al objetivo, la energía que lo vigoriza en el proceso, el alma que soporta el sacrificio y el esfuerzo. La gratitud es, además, remedio maravilloso contra la adversidad.

El Creyente dice mil veces Gracias por cada vez que se pregunta ¿Por qué me sucede esto? El Creyente dice Gracias cuando algo salió mal porque de ello debe extraer alguna enseñanza, algún correctivo. El Creyente grita Gracias ante el fracaso y así lo anula, porque de esta forma lo priva de poder. El Creyente entiende que solo gana quien sabe perder y por ello da Gracias en uno u otro caso. El Creyente sabe que la Victoria solo le está reservada a quien conoció la derrota y por ello da Gracias en uno y otro caso. El Creyente anuncia a los cuatro vientos su gratitud porque sabe que al poder hacerlo está con vida… y si hay vida existe oportunidad para volver a pelear por lo que se Cree.

Po eso el Creyente ama profundamente la Vida, porque esta le ha demostrado, una y otra vez, que tras cada noche oscura y fría siempre sale el Sol.

Fuente: DeGerencia

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