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sábado, 27 de noviembre de 2010

Reunitis

A la oficina vengo a reunirme. Trabajo en casa", me espetó a bocajarro esta semana un profesional de una multinacional importante.

Por: Santiago Álvarez de Mon

Dos días después, otro directivo de una entidad financiera, repasando su agenda , observó con estupor el número de reuniones que había atendido en lo que va del mes.

"¿Qué hago además de reunirme?" Le pregunté a cuántos comités pertenece y tuvo que hacer acopio de toda su memoria para responder: Llegaban a diez. "Sólo en casa me siento dueño de mi agenda". A efectos de este artículo obviamos consideraciones sobre el impacto familiar y personal de llevar trabajo a casa.

Las nuevas tecnologías nos dan una libertad y posibilidades que no todos saben administrar sabiamente. La vida de ocio puede ser invadida por una concepción totalitaria del negocio, y tampoco entraremos en cómo entiende cada uno su tiempo de descanso.

Para algunos profesionales es sinónimo de desconexión total, nada que huela a trabajo es permitido. Para otros, uno y otro se puedan solapar en una alternancia que fluye natural y respetuosa. Dirigir la vida ajena según mis parámetros, hábitos y gustos personales se me antoja poco inteligente.

Lo que aquí me ocupa es la obsesión de este país por estar reunido permanentemente. Los dos directivos arriba referidos no son rara avis.

Es evidente que sin reuniones:

1.- no hay relación,
2.- no se producen intercambios,
3.- no cuaja la comunicación,
4.- no se desarrollan hábitos de aprendizaje y debate.

Sin reuniones prudentemente planificadas en el tiempo:

1.-  es difícil que se consolide una cultura sana,
2.- que la inteligencia colectiva tenga una oportunidad de expresarse y consolidarse.

Aceptada esta obviedad, es su inflación la que degenera en una espiral ascendente que desemboca en una enfermedad silente y sutil, reunitis:,

1.- que paraliza las neuronas,
2.- encona las relaciones,
3.- alimenta los egos y
4.- dilapida el tiempo.

Hay algunas claves para atacar la raíz del problema:

a.- ¿Cuál es el valor añadido de esta reunión?

b.- ¿Quién la convoca?

c.- ¿Quiénes son convocados?

d.- ¿Qué carácter tiene, informativa, de reflexión y debate, decisoria?

e.- ¿Cuál es la agenda?

f.- ¿Cuánto tiempo precisa?

g.- ¿Qué información relevante ha de ser compartida?

h.- ¿Con qué anterioridad debiera llegar a cada destinatario?

i.- ¿Hacemos compatibles la transparencia y la prudencia?

j.- ¿Tiene sentido que nos limitemos a hacer presentaciones parapetados en el power point, mientras las Blackberrys de los colegas echan humo?

k.- ¿Tenemos interiorizada una metodología y sistemática de trabajo que permita explotar las reuniones formales, y posibilite encuentros informales que nutren la confianza y el compañerismo?

l.- ¿Cuántos comités necesita esta empresa para competir con éxito?

A nivel más personal:

¿no describe el uso de mi tiempo las prioridades de mi vida con un rigor implacable?

¿Me someto a un tour de reuniones con objeto de esquivar la soledad y el silencio?

¿Se tiende a diluir la responsabilidad en el plural del grupo?

¿Por qué no me blindo del ruido exterior buscando momentos de sosiego y reflexión?

Sería bueno contestar estas y otras cuestiones desde una sólida convicción personal.

Hay una alternativa seria y legítima a reunirse, que es:

1.- seguir trabajando,
2.- pensando,
3.- estudiando,
4.- aprendiendo.

Dándole la vuelta a un principio fundamental del derecho, las reuniones son culpables, salvo prueba en contrario. Sométalas a ese test de legitimidad, y verá como empiezan a ser más ágiles, instructivas, sanas y rentables.

Fuente: Expansiónyempleo.com

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