Cargando...

lunes, 22 de noviembre de 2010

Jefes por la cara

Llegaron a un puesto de responsabilidad porque eran estupendos relaciones públicas, supieron dar coba a quien les podía ofrecer un ascenso y lo consiguieron.

Por: Montse Mateos.

Son jefes por la cara: Han tenido una carrera meteórica gracias a su palabrería, ocupan el sillón de mando pero no están preparados para gestionar personas ni para conseguir objetivos de negocio. Y, por si fuera poco, hacen daño a sus equipos y a la imagen de la organización ante el cliente.

Identificarles y saber pararles los pies a tiempo es una cuestión de estrategia y liderazgo sano.

¿Quién no ha tenido alguna vez un jefe encantador pero que no ejerce? Estupendo conversador, fabuloso relaciones públicas, el rey de los encuentros con los clientes y el compañero que todos querrían tener pero un líder empresarial nefasto. No sabe nada del negocio, se escuda en los segundos de abordo y no tiene escrúpulos para colgarse una medalla ajena. Eso sí, en caso de fracaso, siempre encuentra a alguien a quien echar las culpas. Son jefes por la cara.

¿Quiénes son?

Ignacio García de Leániz, consultor y profesor de RRHH de la Universidad de Alcalá de Henares, asegura que este tipo de profesional "posee un nivel de conocimientos y competencias, sobre todo técnicas, muy por debajo de las requeridas para su puesto. Las tareas que hace son de escaso valor añadido y estorban más que contribuyen a la consecución de los objetivos del departamento y equipo de trabajo".

Paco Muro, presidente de Otto Walter, los denomina ‘figurillas’: "Son bien pagados por la cara, y no sólo son jefes, incluyo en esta tribu a técnicos y personal de staff. Es un profesional hábil donde los haya, pero solo para el escaqueo del trabajo y luego salir siempre en la foto". Añade Muro que "son gente amable y cordial, especialmente con los que le interesan. Suelen depende de un jefe con el que tienen una conexión especial hasta el punto que los mismos se sienten tan a gusto con esta persona que se no se dan ni cuenta de que profesionalmente es una inútil".

Este tipo de profesional posee un nivel de conocimientos y competencias, sobre todo técnicas, muy por debajo de las requeridas para su puesto.

Los culpables

Aunque este tipo de jefe es una excepción a la regla, sí que se puede identificar a los culpables que les han llevado al puesto que ocupan injustamente. Para García de Leániz, el error reside en el mal uso de las herramientas de evaluación de desempeño, la gran lacra de la gestión de personas es, en este caso el origen del problema. "Ningún jefe anterior se atrevió, por las razones que sean, a señalar en el informe de evaluación correspondiente el déficit de competencias críticas que tenían, evaluándole muy por encima del umbral de su competencia. Esa ausencia de feedback negativo explica, en cierta manera, la carrera meteórica de estos perfiles", explica el profesor de la Universidad de Alcalá.

Una opinión que corrobora Muro, quien identifica a su vez tres factores que "pululan por las alturas". El primero de ellos es la ceguera, "porque hay mucho jefe que no mira de donde viene el trabajo y estos caras son expertos en repartir el trabajo a otros y hacerse los agobiados para que parezca que están ocupados, encontrar al currante responsable que acaba haciendo lo que hay que hacer y luego estar justo en el momento en que se entrega la tarea". En segundo lugar señala la sordera, "porque cuando alguien les hace notar la anomalía se produce una atrofia temporal del oído: El jefe no quiere oír que su ‘favorito’ o ‘favorita’ no vale".

Y, en último lugar, Muro afirma que el ego también es culpable: "Hay demasiados jefes que necesitan a un osito de peluche al que achuchar, que les dé la razón y les diga lo que quieren oír. Esa persona cómoda, amable, que no les lleva la contraria y que llena sus egos con falsa amistad".

Son expertos en apelar a la responsabilidad de los buenos pero… ¡Hay que resistir la tentación!, al final acabará trabajando antes de quedar en evidencia.

¿Cómo deshacerse de ellos?

No existe ningún motivo que justifique la existencia de estos jefes por la cara que enrarecen el clima laboral, desmotivan a su equipo y no contribuyen más que a llenar su propio bolsillo. García de Leániz afirma que "el jefe impostor supone un fraude gerencial que no encuentra justificación alguna. Dejan en evidencia los mecanismos de promoción, los criterios de evaluación y los modelos y valores empresariales". Y Muro dice que "solo en casos de necedad suprema se comprende esta situación y más" y, por otra parte, los califica de indestructibles: "Todos saben y ven que es un verdadero inepto, pero el consentido es el consentido, y solo se podrá acabar con él cuando cambie el jefe".

En este panorama tan oscuros, el presidente de Otto Walter ve un atisbo de esperanza: "Lo que puede se puede hacer es no picar en su sibilina habilidad de cargarle a otro el trabajo, y dejar que tenga que hacer el suyo, aun a riesgo de que algo se quede sin hacer. Son expertos en apelar a la responsabilidad de los buenos pero… ¡Hay que resistir la tentación!, al final acabará trabajando antes de quedar en evidencia".

La ineptitud de estos perfiles resulta tan evidente que con un buen trabajo en equipo es posible desenmascararlos. Pero es complicado porque, como recuerda García de Leániz, "el poder formal, aquel otorgado oficialmente por la empresa, lo ostentan ellos. Esto supone una elevada cuota de poder coercitivo como recompensas, vacaciones, asignación de tareas, evaluaciones, etcétera".

Una de las opciones que este consultor recomienda hacer con prudencia es "escalar el problema a su jefe y hablarle de los daños funcionales, operativos y de imagen que su desempeño produce. En aquellas organizaciones que posean un sistema de mentoring, también podemos hacer ver al mentor el problema de dirección y supervisión que padecemos".

Una vez más la falta de gestión que adolecen buena parte de las organizaciones ensalza a puestos de responsabilidad a personas poco eficientes. Muchas empresas pierden estupendos comerciales que, tras su ascenso, resultan jefes nefastos. La evaluación y los resultados son la esencia de los recursos humanos y, a menudo, tener la humildad de rectificar a tiempo un ascenso poco meditado puede evitar problemas y salvar a una organización de un futuro incierto. Las empresas que no son capaces de gestionar de forma adecuada sus personas están condenadas al fracaso empresarial.

 El liderazgo es uno de los garantes, ¿por qué no conservarlo?

Fuente: Expansión.com

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada