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martes, 30 de noviembre de 2010

“El todo es más que la suma de las partes”

Un cuento oriental describía la historia de un pez que buscaba insistentemente el Océano. Su sorpresa fue mayúscula cuando constató que siempre había estado inmerso en él. No es muy distinta nuestra experiencia cuando descubrimos la importancia de los grupos en nuestra existencia.

Por: José Luis Trechera Herreros

El ser humano es el producto final de aquellas interacciones sociales, vivencias de grupo en su mayoría, por las que haya pasado. Para poder nacer dependemos de la relación de dos seres y nada más que nos asomamos a la vida, necesitamos los procesos de socialización para llegar a ser personas. ¿Podríamos lograr un desarrollo cognitivo, una maduración afectiva, la expresión de emociones, el lenguaje, la posición bípeda, etc., sin un adecuado aprendizaje social? Los pocos casos de “niños salvajes” descritos están más cerca de “ciertos monstruos de la naturaleza” que del personaje literario de Tarzán.

Estamos tan inmersos en esta realidad grupal que no le damos importancia. Si realizáramos una descripción diaria de nuestras actividades, no es raro que nos sorprendiésemos de que la mayoría, si no la totalidad de nuestras tareas, son interacciones en grupo: familia, trabajo, amigos, asociaciones, etc. Sin embargo, ¿cómo nos han preparado para trabajar en grupo? ¿Cuántas asignaturas en nuestros planes formativos se han dedicado a sensibilizarnos para colaborar con otros? La experiencia nos demuestra que nos jactamos de hablar del trabajo en equipo, cuando en la práctica, más bien, éste brilla por su ausencia. Lo poco que vamos asimilando de las dinámicas grupales es a través del aprendizaje por “ensayo y error”, sobre las experiencias negativas o positivas que hemos tenido en nuestra relación con los demás.

Trabajar en equipo no es la mera suma de las aportaciones individuales. Dos más dos no son necesariamente cuatro; quizá sean más diez o menos veinte. Si se conectan bien las diversas interacciones o “sinergias” de sus miembros el resultado final será muy enriquecedor. Si hay rechazo y bloqueo, esas fuerzas pueden volverse contra todos y anular el proyecto del grupo. De ahí que trabajar en equipo no sea sólo un estar juntos y que cada uno haga lo suyo. Es un cuidado determinado para realizar una actividad laboral y asumir un conjunto de valores. Es un espíritu que anima un modo de ser entre las personas que lo constituyen. Es un estilo, que está basado en la confianza, la comunicación, la sinceridad. Es asumir la actividad del equipo como propias. Es planificar y realizar conjuntamente las tareas. Es solucionar los conflictos como una oportunidad de enriquecimiento mutuo que conlleva una actitud de aprendizaje permanente. Es un “talento” y sobre todo un “talante”.

Tenemos que ser conscientes que no sólo hay que tener buena voluntad sino que hay que saber hacer bien las cosas. Por muy buena persona que sea un amigo, ¿dejaríamos que nos operara si no es cirujano? Hay que cuestionarse la falta de sensibilización y formación sobre la realidad del trabajo en equipo. Por un lado, debemos adquirir conocimientos y por otro, desarrollar destrezas y habilidades para poner en práctica esos principios. Si de algo podemos estar seguros es de que tenemos que convivir con otros y nos guste o no, es una evidencia de la cual no podemos escapar. Incluso el aislamiento más absoluto se percibe como tal por la experiencia de soledad y ausencia de los otros. 

No decimos nada nuevo si afirmamos que hoy en día, las aplicaciones psicológicas a las diversas áreas de la existencia humana se han puesto de moda. De ahí que las organizaciones no puedan pasar por alto esta realidad. Como ejemplo, uno de los que ha sido distinguido como premio Nobel de Economía en el año 2002, D. Kahneman, es un catedrático de Psicología cuyas investigaciones han girado en torno a la toma de decisiones en situaciones de inseguridad e incertidumbre.

Algunos alegarán que quizá esta nueva orientación en el mundo empresarial no se deba a un planteamiento de principios, sino a un mero pragmatismo. Sin embargo, aunque sólo sea por la evaluación positiva de las consecuencias, -un aumento de la satisfacción personal y una mayor eficacia productiva- es aconsejable potenciar el trabajo en equipo en las organizaciones.

Esperemos que esta inquietud actual de sensibilización por las relaciones sociales y por tener en cuenta a los sujetos que las hacen posible, no se quede sólo en una estrategia comercial. Queramos o no, las organizaciones funcionan gracias a las personas y es nuestra responsabilidad crear entornos de trabajo más humanos y con una alta calidad de vida.

Fuente: http://www.psicologia-online.com/

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