domingo, 3 de octubre de 2010

La ocupación más feliz es la que exprime nuestro potencial

Una paradoja existencial discurre en paralelo a esta crisis. La depresión acecha a quien no tiene empleo pero también al 'afortunado' que se reincorpora al trabajo tras las vacaciones. ¿El trabajo contribuye a la felicidad o a la desdicha humana?

Para esta pregunta deberíamos tener ya cumplida respuesta de haberse materializado el pronóstico de que una legión de robots liberaría por estas fechas al ser humano del tajo. Pero los hechos han discurrido en sentido contrario. En el tecnologizado siglo XXI, la tentación es institucionalizar una jornada laboral más larga y acabar con el logro social del siglo XIX: ocho horas para el sueño, ocho horas para el trabajo y ocho horas para el ocio.

A estas alturas, los varios millones de asalariados en el mundo siguen sin resolver a su favor el dilema de 'trabajar para vivir o vivir para trabajar'. En su defecto, lo han hecho científicos, médicos e intelectuales, los mejores conocedores de los recovecos del alma del homo sapiens. Hoy y ayer estos especialistas están de acuerdo en que trabajar sólo es bueno si la tarea divierte y entusiasma. Lo demás es asumir el castigo divino de ganarse el pan con el sudor de la frente…

La felicidad de no necesitar trabajo. ¿Alguien se lamentaría de no tener empleo si cada mes encontrara en su cuenta corriente por arte de magia el ingreso 'justo'? No. Y para los temieran un eventual 'horror vacui', Robert Louis Stevenson ya aclaró en 'Apología de la pereza' que la disfunción remitiría en tal coyuntura:

-Boswell: Cuando no hacemos nada, nos aburrimos.

-Johnson: Eso sucede, señor, porque como los demás están ocupados, nos falta compañía; si ninguno hiciera nada, no nos aburriríamos; nos divertiríamos los unos a los otros.

Como Stevenson, otros individuos tocados por el éxito, como Lord Byron, Bertrand Russsell, Nietzsche o Jonh Lennon dedicaron parte de su vida a hacer apología de la holgazanería. Sus pensamientos sobre el asunto los reunió Tom Hokgkinson en ''Elogio a la pereza' (Planeta, 2005), un superventas cuyo autor, fundador a su vez de la revista 'The Idler' (El Vago), definió como "un antídoto contra la enfermedad del trabajo" a base de curtirse en el arte del escaqueo.

Rebelión frente al ritmo capitalista. La satisfacción obtenida con el trabajo, al igual que la felicidad, es siempre una cuestión de expectativas. Y por la sorprendente acogida de libros como el de Hokgkinson o el del periodista Carl Honoré, 'Elogio de la lentitud', parece que existe últimamente un cierto desajuste. Por eso siguen ganando militantes movimientos que claman por relacionar vida y trabajo de otra manera, empezando por bajar las revoluciones. Así surgió en Austria la Sociedad por la Desaceleración del Tiempo, en Japón la moda de Lo lento es bello o en Estados Unidos la plataforma Take Back Your Time.

El tiempo dedicado de más al trabajo está claro que se traduce en fatalidad si el cometido no desarrolla las cualidades innatas de la persona, su potencial, asegura el divulgador Eduard Punset. Pese a todo, aclara, "los más infelices son los que están en las listas del paro", y los que menos, quienes se emplean en un trabajo vocacional.

El nirvana para empleados y empresarios. La relación entre felicidad y trabajo responde al estado de flujo descrito por el científico húngaro-americano Mihalyi Czikszentmihalyi: un estado natural de conciencia en el que alguien se encuentra totalmente absorto y concentrado en una actividad hasta el punto de que llega a fundirse con la tarea y perder la noción del tiempo y de su propia identidad. En este periodo, esa persona está inmersa en un nuevo desafío, desarrollando su potencial y, simplemente, 'es'.

'Ser' es el camino más corto para acercarse a la felicidad, un estado que se logra a través de un trabajo interno, de crecimiento personal, más que por el que se realice de puertas para afuera.

Fuente: UNO

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