miércoles, 13 de octubre de 2010

La irresistible atracción de lo difícil


Estamos condenados a hacer cosas difíciles. La razón es bastante simple y se apoya en tres realidades. Una tecnológica, otra económica y la última antropológica.

  Por Pablo Regent 

A medida que el tiempo pasa, el conocimiento técnico avanza. Al hacerlo, a través de nuevas herramientas vamos haciendo cosas que antes hacíamos sin ellas. A modo de ejemplo, al principio de los tiempos se araba con la fuerza del arador. Luego se pasó a hacerlo con la fuerza de un animal y más tarde se sustituyó el animal por un aparato a motor. La innovación fue disminuyendo la necesidad de fuerza bruta a la vez que incrementando la urgencia de hacer algo más complejo, como lo fue primero guiar a un animal y luego conducir un tractor. El trabajo que no demasiados años atrás lo hacían una cantidad de peones –que recolectaban a mano, con un enorme esfuerzo físico y un mínimo aporte intelectual–, hoy lo hace un solo operario, sentado cómodamente en una cosechadora que vale decenas de miles de dólares; con muy poco esfuerzo físico pero con un grado de complejidad muy alto. Otro ejemplo que no deja dudas, la secretaria que utilizaba su vieja Remington, golpeando las teclas una y otra vez hasta quedar cansada de pasar copias y copias; con la sola complejidad de mover muy rápido los dedos, ahora maneja una sofisticada computadora en la cual cada día los programas disponibles le permiten imprimir copias apretando una tecla, pero sabiendo cuál es la tecla para cada tipo de letra, formato y color.

Desde el punto de vista económico, es bastante obvio que lo que es fácil de hacer tenderá a tener un valor agregado menor que algo que sea complejo. Si es sencillo, muy posiblemente sea copiado, y en este caso habrá dos que ofrecerán lo mismo, disminuyendo en tal caso el valor para el que oferta el producto o servicio. Por otra parte, si ese producto o servicio no conlleva dificultad, es muy probable que el tipo de necesidad que satisfaga no sea de mucho valor, incrementando entonces la probabilidad de llevar el precio a la baja.

Por último, está en la naturaleza del hombre transformar la sociedad. No es propio de los seres humanos adaptarse al entorno sino que lo que constantemente el hombre intenta es transformar la realidad que le toca vivir. Al primer hombre no se le ocurrió sentarse a esperar que se le adaptara la piel al frío a través de la selección genética. Cuando sintió frío buscó transformar la realidad matando a un animal para hacerse de una capa de piel que le ayudara a mantener el calor. Y así llevamos miles de años. Lo natural al hombre es resolver problemas. Cada época le va presentando distintos dilemas y cada generación lucha para resolverlos. Un hombre, en cuanto tal, necesita encontrar soluciones. Para ello va despejando problemas, que al resolverlos le abren la puerta al desafío de enfrentar un problema de mayor complejidad.

Si bien lo propio del hombre es lo difícil, lo arduo y desafiante, en el día a día vamos convirtiendo cosas que antes eran complejas en situaciones de poco esfuerzo y nula dificultad. Esto lo percibe cualquier ama de casa que recién se inicia. La ayuda de los productos congelados y las propuestas de comidas semi preparadas le simplifica mucho su responsabilidad culinaria si la comparamos con lo que tuvo que enfrentar su abuela sesenta años atrás. Hoy cocinar es “más sencillo” que en el pasado. Pero esta eliminación de problemas le posibilita enfrentar desafíos mayores, ya sea dedicar más tiempo a estudiar, trabajar fuera de la casa o dedicarse a ayudar a sus hijos en tareas de mayor impacto.

El lector perspicaz se habrá dado cuenta que esta dinámica está detrás de innumerables crisis y dramas sociales. Para muchas personas –sectores, países, regiones–, el cambio de estatus de difícil a fácil se traduce en desempleo y miseria. Sin embargo, a nadie se le ocurriría abogar por volver al arado a tracción a sangre o prohibir el uso de cosechadoras, menos aún, dejar de lado los procesadores de texto para retornar al papel carbónico y las máquinas de escribir. El desafío inevitable comienza a enfrentarse cuando comprendemos que es necesario llevar a las personas, a cada una, de tareas más simples a más complejas. El trabajo, además de sustento económico, tiene que ser útil para que la persona se desarrolle como tal, y es más probable que esto suceda si dedica más tiempo a tareas que le exigen un desafío y el uso de su inteligencia –conducir una cosechadora computarizada–, que a tareas que principalmente le demandan esfuerzo físico.

No es fácil, a título personal, estar preparados para esta dinámica continua, con pendiente leve, que casi nos adormece. Más difícil aún es enfrentar esta evolución desde el punto de vista de una nación. La alternativa que muchos han tomado ha sido la equivocada. Su nombre: siempre el mismo, optar por el camino sencillo. La historia nos muestra que ha habido quienes, con el aplauso ignorante de los más damnificados, han intentado frenar las consecuencias de esta evolución a través de cerrar mercados o desarrollar prácticas corporativas. Durante un tiempo funciona, en nuestro país durante décadas. Pero a la vez que se va retrasando lo inevitable se van destruyendo las capacidades que la población tuvo en algún momento. Hasta que llega un momento que la realidad pasa por encima de las tranqueras y el golpe, para los que siempre sufren más, los de abajo, es durísimo.

Tanto en la dimensión personal como en la social podemos elegir enfrentar el drama difícil/fácil de una forma enfermiza, retrasando lo inevitable, o podemos hacerlo de la única manera que las sociedades exitosas terminaron por aceptar; preparando a las nuevas generaciones para un mundo cambiante, inestable, pero también desafiante y pleno de motivos para que cada ciudadano se desarrolle al máximo como persona.

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