lunes, 4 de octubre de 2010

Ganas de nada


Hay gente que se levanta mal,  piensa que  repetirá la rutina que lo agobia,  una monotonía que lo lleva a no tener ganas de nada. Otras personas se levantan con gran entusiasmo y les sobra la energía.
El frío y los días grises incitan a no salir y a abrigarse.  La noche temprana invita a acostarse temprano,  los ritmos se hacen más lentos. La tristeza transitoria  típica del otoño o el invierno dura hasta la primavera.  Este desorden estacional genera la falta de energía y del deseo de trabajar.  Suele incluir más apetito, aumento de peso, aislamiento social y tendencia a dormir mucho. Algunos tienen trastornos del sueño, otros tienen dificultades para levantarse porque el nuevo día forma parte de una continuidad agobiante.

Conocer la causa. Desconocer la causa de un conflicto suele ser su causa principal. A veces ocurre que se  perdió el proyecto por el que siempre se luchó,  o, para peor, se advierte que no se tiene ninguno. El futuro se ve gris. Se necesita imaginar  un ideal para acceder a la fuente de la energía que es la energía espiritual.

La conducta exitosa que logra la felicidad  asocia al motor que es el deseo con la visión clara del objetivo, la inteligencia para elegir el camino y la voluntad para persistir. Cuanto más grande es el deseo más chico es el obstáculo.  Pero hoy  no impera la ley del deseo sino el deber y un pensamiento light al que todo le da igual. Como no se prioriza el deseo tampoco se genera  empowerment, el poder interior.

La actitud frente a la vida. Los prisioneros no tenían qué comer, pero los “capos” -prisioneros privilegiados- no padecían hambre y eran más crueles que los guardias de las SS.   Los prisioneros sólo querían volver con su familia  o salvar a sus amigos. Por eso no dudaban en que otro ocupase su lugar.

Se mantenían vivos los que perdían sus escrúpulos. Pero el hombre no es una cosa más entre las cosas, es su propio determinante. Los campos de concentración fueron un laboratorio vivo, un banco de pruebas donde algunos actuaron como cerdos y otros como santos. El hombre tiene ambas potencias, de sus decisiones y no de sus condiciones dependerá cuál de ellas  se manifestará. Víktor Frankl fue un prisionero más pero descubrió que hay algo que nadie le pudo quitar, fue su actitud ante la vida. Porque lo que vale es la actitud que adoptamos ante el sufrimiento cuando debemos cargar con él.

Administrar las emociones. Pascal se adelantó a la inteligencia emocional al decir que el corazón tiene razones que la razón no entiende. Hoy que las entendemos debemos aprender a darle inteligencia a la pasión.

La educación imita la moral de la sociedad de consumo. Su sistema de ganadores que saben la respuesta y perdedores que dudan y temen preguntar creó una sociedad desigual donde los ganadores se llevan casi todo.

El ciudadano convertido en consumidor  recibe un radar para imitar a  ricos y famosos pero no la brújula del autoconocimiento, esa clave de la inteligencia espiritual que nutre a las demás. La teoría de las inteligencias múltiples descubrió que hay un genio interior que debemos activar. El poder inteligente -querer más eficacia- asocia el poder blando de la imaginación con el duro de la razón a través de los métodos.

Océanos rojos y océanos azules. Los países que atrasan se enamoran de los números y se olvidan de la gente. El índice de felicidad interna debería sustituir al PBI. Para Keynes a largo plazo estaremos todos muertos y sin atender el corto plazo, educando a los niños, se crea  la desigualdad y el subdesarrollo.

La teoría del océano azul se rebela contra la lógica de la competencia feroz del océano rojo. Enseña a tomar conciencia, a dejar de competir y a crear nuevos mundos asociando creatividad con innovación en valor.

El verdadero desarrollo no es lo que tiene sino lo que hace con lo que tiene. Capital intelectual más capital humano son la fórmula de la riqueza. Los mejores países son lo que hacen de la educación y de la igualdad de oportunidades sus políticas de estado. Así evitan que el populismo genere la maldición de los recursos naturales. La ignorancia es la noche de los pueblos, una noche triste y sin estrellas

Mientras el Estado no asuma los cambios cada uno debe ser el arquitecto de su propio destino desarrollando su propia educación.  El pensamiento estratégico es un gran facilitador porque con cuatro preguntas permite lograr la toma de conciencia. ¿Dónde estaba ayer, dónde estoy hoy, dónde quiero estar mañana, cómo haré para conseguirlo? El cómo implica comprender la situación y no negarla. Luego hay que inventar la solución porque ante un problema las viejas respuestas suelen ser un escollo.  Ambas etapas caracterizan a  la conducta inteligente. Actuar en consecuencia se conecta con la voluntad. La falta de voluntad  es un síntoma,  no se puede castigar al que lo padece como si lo hiciese a propósito.  Pedirle que ponga voluntad no  es la solución,  no existen vientos favorables para quien no sabe a dónde quiere llegar.

Adquirir el dominio personal. El pensamiento positivo enseña a crear resultados, a saber lo que se quiere, a concentrarse en el fin y no en el medio. El propósito es la misión. La visión es la imagen del destino, sin la visión la misión es una idea sin potencia. La realidad no es un enemigo,  es algo que hemos creado.  No conviene luchar contra ella ni esperar que empeore. Hay que crear ideas, observar la realidad sin dogmatismos,  reconocerla  y aceptarla, comprometernos con la verdad,  ser auténticos, evitar el autoengaño, ensanchar la percepción y reconocer el pasado que nos condiciona. La verdad tiene un poder liberador.

Visión más compromiso con la verdad nos hacen inventores del futuro. Visión falsa  y baja autoestima  (no puedo, no merezco), nos debilitan. La tensión creativa entre la visión y la actualidad produce la energía, la tensión tiende a su resolución. Son virtudes la paciencia, la perseverancia y ver al error como parte del éxito.

Engañarse a sí mismo. El que no soporta su  tensión emocional altera la realidad o la meta. Así reduce el logro, abandona los sueños  o  manipula el conflicto. En lugar de avanzar hacia el bien evita el mal, elude en vez de crear, usa la fuerza de voluntad para destruir el obstáculo pero descuida temas vitales.

Hay que descubrir los hábitos limitantes y enseñar al inconsciente a cambiarlos, tal como se aprende a manejar un auto; silenciando la mente destructora, sembrando buenas ideas y eligiendo las mejores.

El exceso de análisis genera parálisis. Un pensamiento doble, donde uno de ellos viene de afuera y nos domina, rebaja a autoestima e incrementa el temor a perder,  trabando la acción reparadora.

Hacer la luz. Un día nos damos cuenta que nos alejamos de los amigos, de la familia, de los afectos,  que no tenemos ganas de nada ni de  nadie, que es mejor estar solos pero sin saber cómo. Sentimos que nadie nos quiere ni entiende. Desearíamos que nos escuchen y nuestro cuerpo grita con lágrimas o acciones y  nos duele el alma. No tenemos ganas de nada  y caemos en la depresión perdiendo la capacidad para sentir placer,  de planificar un futuro, de socializar y la voluntad de hacer.

Para salir del pozo hay que tomar la senda del autoconocimiento, de conocerse y de reconocer su realidad. Pero a nadie se le puede prestar el deseo que no tiene. Todo comienza con querer superarse y mejorarse.   Si la depresión es un círculo vicioso  que contagia y aleja, encontrar a esa persona que  creíamos perdida al mirarnos  al espejo  crea un círculo virtuoso de atracción. Hay que recuperar el sentido de vivir.

Enamorarse de la vida. La felicidad no es la estación a la que se arriba, es la manera de viajar. Llegamos al mundo con una misión. Algunos la descubren su chispa y muchos quieren encontrarla. El que no la tiene, o la tenía y la perdió está triste, pesimista o deprimido. Le falta una pasión. Puede ser un proyecto que no lo deja dormir, una   pareja,  la ciencia, la música,  la política, el deporte, el trabajo o el estudio. La pasión es ese  “alguien” o ese “algo” que nos hace vivir y nos aleja del triste destino de durar, del miedo a vivir, de copiar al otro, de alejarnos del  goce o de decepcionarnos ante cada nueva arruga en el espejo, de cuidarnos  de todo para evitar sentir y no disfrutar  del  presente como  regalo. No es tan bueno durar  sino descubrir la pasión de convertirnos en protagonistas. No es tan malo morir, la muerte tiene memoria y nunca se olvida de nadie. Lo trágico, es no animarse a vivir y a ser feliz. Para lograrlo hay que amigarse  con la vida.

Aprender a dialogar. La lengua es un arma que puede usarse para el bien o el mal. Para Demóstenes las palabras que no se convierten en hechos no sirven para nada. El diálogo valorativo crea el hábito de hallar y potenciar lo positivo, anticipando la realidad deseada. Como la conducta revela los fines, para superar las ganas de nada debemos razonar al revés, desde el futuro hasta el presente, desde la alegría que podemos avizorar. La visión del futuro puede alterar la acción de hoy. No se trata de negar los obstáculos sino de evitarlos haciendo foco en lo positivo para que impulse lo que queremos lograr. Dialogar es una locura para quien profesa el pensamiento único, por eso debemos  hacer foco láser en el lenguaje para escribir la página de gloria del proyecto  que nos devolverá la energía. El mundo no es una herencia que recibimos, es un préstamo que nos hacen nuestros hijos confiando en que se lo sabremos devolver.

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