domingo, 10 de octubre de 2010

El coraje de entusiasmarse

A la hora de entusiasmarse hay que incrementar notablemente la capacidad de resistencia ante el fracaso, es necesaria la fortaleza para entusiasmarse. ¿Tenemos el coraje de entusiasmarnos con los proyectos?

Por: Juan José García

Es razonable que pensemos que la fortaleza es una exigencia que la vida nos plantea en momentos difíciles, cuando hacer lo que debemos implica un esfuerzo no grato por nuestra parte. Y que muchas veces hacemos porque hemos entendido que la aparente comodidad de no hacer nada es a la larga, y muchas veces a la corta, mucho peor. Porque no es raro que muchas veces incrementemos nuestros sufrimientos en el intento de eludirlos, cuando encararlos resueltamente nos ahorraría no pocos problemas. Algo que es más fácil decir –escribir– que vivir. Pero hay que decirlo, porque es verdad.

Pero también es necesaria la fortaleza para soñar, para entusiasmarnos. Para atrevernos al entusiasmo, porque nadie que tenga un mínimo de experiencia en la vida ha dejado de experimentar que muchas veces nos hemos ilusionado con proyectos buenísimos, legítimos, y no se han concretado. Bien porque no hemos sabido cómo hacerlos realidad, o quizá porque a pesar de nuestro empeño hubo una serie de circunstancias adversas lo suficientemente numerosas e intrincadas que acabaron por anularlos.

Sin embargo, y a pesar de los pesares que nunca faltan, es importante entusiasmarse, ilusionarse. Primero, porque como dice una conocida canción folklórica “la vida es triste si no la vivimos sin una ilusión”. Aunque de todos modos hay gente que elige vivir desilusionada antes que correr el riesgo de volverse a entusiasmar después de una ilusión frustrada: prefieren ahorrarse este trabajo aunque implique quedarse estacionados en la desilusión. Segundo –y esto me parece fundamental en relación a todo emprendimiento y al funcionamiento de cualquier empresa–, porque sin un mínimo de entusiasmo, de ilusión, nada sale adelante, nada funciona. (De ahí que aunque los trabajos más recientes sobre motivación insistan en que se trata fundamentalmente de no desmotivar al personal, más que de motivarlo, se valore tanto en la diaria a aquellos jefes que tienen la capacidad de crear entre sus colaboradores un clima de cooperación entre gente ganadora).

Es verdad también que sólo con entusiasmo no salen las cosas adelante: hay que programar, proyectar, prever, contar con los recursos necesarios. Pero también es verdad que con todos esos elementos, y aún contando con los recursos necesarios, sin un mínimo de entusiasmo las cosas no funcionan. Porque todo lo que se está por hacer tiene una dificultad inicial enorme, y es que no está hecho (algo obvio que tantas veces se pasa por alto y que facilita la crítica destructiva ante las realizaciones ajenas). Y para hacerlo realidad hay que “crearlo” de algún modo. No desde la nada, pero sí desde unos recursos y posibilidades que por sí solos, sin la intervención del trabajo, generalmente de un grupo de gente comprometida y bien dirigida, no dejará de ser más que un proyecto.

También es verdad que a la hora de entusiasmarse hay que incrementar notablemente la capacidad de resistencia ante el fracaso. Por eso es necesaria la fortaleza para entusiasmarse. Porque difícilmente las cosas salgan como las proyectamos, surgirán problemas en el transcurso de la realización que no pudieron preverse, muchas veces tendremos que renunciar a un proyecto más grande para conformarnos con lo que es posible, y esa posibilidad no se ajusta a las expectativas que teníamos. En cierto modo vivir también es ser capaz de fracasar, aunque esto se diga muy poco porque no resulta grato. Pero aprendiendo a fracasar, valorando lo conseguido, y guardando la posibilidad que nos dan los sueños no realizados para, paradójicamente, seguir soñando. A no ser que como niños caprichosos, ante una frustración mayor o menor, determinemos defraudados: “no juego más” –cuando vivir es seguir “jugando”–.

Claro que lo anterior, al igual que lo dicho al inicio, es más fácil escribirlo, decirlo, compartirlo en teoría, que vivirlo. Pero es ley de vida. Y muy concretamente ley de vida para cualquiera que haya intentado hacer algo. Por tanto, una ley inexorable para cualquier empresario, emprendedor o directivo de empresa –por circunscribir el campo al ámbito empresarial–.

¿Tenemos el coraje de soñar? ¿Tenemos el coraje de entusiasmarnos con los proyectos? ¿Tenemos el coraje de festejar lo conseguido de esos proyectos, sin lamentarnos estérilmente en que no salió tal como lo teníamos programado?

Cuando las personas que han conseguido muchas cosas en su vida se sinceran, reconocen con sencillez que son muchos los fracasos que han tenido. También que han sacado una experiencia aprovechable de los mismos, aunque son conscientes de que nunca se termina de aprender. Que las cosas que mejor les salieron contaron con una dosis de “suerte” considerable, y que la mayoría de las veces los mejores logros salieron casi sin proyectarlos ni siquiera esperarlos.

Y es que quien sólo piensa en cosechar únicamente lo que sembró, probablemente acabe un poco pesimista. Porque nunca sembramos todo lo que deberíamos, ni con la constancia que corresponde, ni cuidamos esa cosecha sin el menor descuido. Sin embargo, además de nuestro esfuerzo también existe el don. Esa lluvia oportuna sin la que no habría cosecha. Y un don que no sólo lo obtienen los optimistas, aunque sólo desde el optimismo se hace uno capaz de percibirlo. 

Quizá sea esta la condición para tener el coraje de entusiasmarnos, de lanzarnos a proyectos que seguramente nos traerán algunos sinsabores, o muchos: ser conscientes que además de nuestros esfuerzos, y de las circunstancias adversas, también existe el don, la suerte, ese golpe de gracia que convierte al empeño humano en algo que está por encima del “sudor”: en una obra de arte. A tal punto que sin desvalorizar el esfuerzo y la necesidad de un compromiso serio con todo emprendimiento, se pueda agradecer lo conseguido por lo que supone de “regalo”, de premio nunca del todo merecido. Quizá sea lo que más nos colme de una felicidad no pasajera al generar la esperanza de recibir más de esos estímulos en el futuro, aunque los resultados satisfactorios no puedan dejar de ser efímeros.

Fuente: http://socrates.ieem.edu.uy/

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