Existen personas que tienen baja autoestima, que son
exitosas, logran sus metas y destacan, pero no necesariamente son felices. Para
ser feliz se requiere libertad y la baja autoestima nos esclaviza.
Por David Fischman
Cuando Enrique se graduó, entró a trabajar a una empresa
tomando una posición de jefatura. Allí se esforzó más que nadie, quería
demostrar que era muy competente, trabajaba 10 horas diarias. Rápidamente
ascendió en la organización y tomó puestos de mayor importancia. Siempre sentía
que el tiempo le faltaba para hacer todo lo que se proponía. Quería demostrar
que era el mejor empleado. Tuvo la oportunidad de hacer su propio negocio y
desde entonces no ha parado de trabajar 14 horas diarias. Ha logrado metas
imposibles, pero nada es suficiente. El no se queda tranquilo, siempre siente
que tiene que hacer más. Mientras tanto, la vida pasa a su costado, sus hijos
se hacen más grandes y él está cada vez más lejos.
Enrique es el típico caso de una persona exitosa en los
negocios, en cumplir sus metas, pero en el fondo, infeliz. El problema es que,
en su mente, tiene la creencia: Si no logro lo que aspiro, si no alcanzo mis
metas, no voy a valer o no me van a querer. Con esta creencia en la mente,
cada vez que consigue llegar a una meta, tiene el sentimiento de que no es
suficiente, que necesita seguir avanzando. Porque solo si sigue demostrando que
es capaz, será querido.
¿Cómo puede Enrique tener una idea tan irracional en su
mente? El origen de este tipo de creencias se da en la niñez y se guarda en las
memorias inconscientes. Por ejemplo, su papá trabajaba mucho durante del día,
Enrique era el segundo hijo y tenía un hermano menor que demandaba toda la
atención de la madre. Enrique quería jugar, recibir cariño, pero su padre no
estaba y su madre estaba ocupada con el hermano. El se sentía no querido, que
no valía lo suficiente. Finalmente, Enrique aprendió a llamar la atención,
sacándose buenas notas, siendo un alumno aplicado. Desde ese momento instaló la
creencia: Si no tengo logros, no me quieren.
En el presente, Enrique sabe que sus padres sí lo
quisieron, que él interpretó equivocadamente lo que ocurrió en su niñez
generando estas creencias distorsionadas. ¿Pero tener esta información es
suficiente para cambiar? La creencia Si no tengo logros, no me quieren está
empernada (fijada) en nuestra mente con tornillos de mucho dolor y rabia. Se
requiere que desentornillemos tornillo por tornillo, que tomemos conciencia de
todo el dolor que sentimos, de toda la rabia acumulada y que nos pongamos en
paz con este incidente. Solo así, la creencia podrá ser cambiada.
Cuando tenemos baja autoestima, según Lefkoe, creamos
estrategias de sobrevivencia. En el caso de Enrique, su estrategia fue hacer y
hacer para sentirse que vale. Otras personas crean un ego gigantesco para
mostrarle al resto cuán importantes son. Otros, más bien buscan agradar y tener
muchos amigos para así compensar su vacío. En otras palabras son esclavos de su
baja estima.
Cuentan que una persona soñó que se cruzaba con un monje
y este le entregaba un diamante invalorable. Al día siguiente la persona se
cruzó con el monje de su sueño y le dijo: Tú tienes algo que me pertenece. El
monje sacó un diamante y se lo entrega en la mano. El hombre se sentía muy
afortunado, pero cuando quiso descansar no pudo dormir. Al día siguiente buscó
al monje y le devolvió el diamante y le dijo: He venido para que me des
aquella riqueza que te permite desprenderte del diamante con tanta facilidad.
El diamante en esta historia es todo lo que el ego busca,
fama, aceptación, reconocimiento, entre otros. La persona con autoestima no
necesita el poder externo porque ya se siente completo interiormente.
Fuente: www.davidfischman.com


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