domingo, 12 de septiembre de 2010

Salt: El síndrome del impostor en la empresa

Por: Ignacio García de Leániz Caprile.
Entre la lealtad, el consentimiento y la confusión se desarrolla la intriga de 'Salt', una historia donde nada es lo que parece. Fuera de la ficción, existen organizaciones donde sucede lo mismo: jefes que tienen otra cara tras la que ocultan su verdadera identidad.
A través de los avatares de la agente de la CIA Evelyn Salt –Angelina Jolie–, Salt es una interesante reflexión sobre el problema del jefe impostor en nuestras organizaciones y sus consecuencias tan nocivas. En las películas de este género, espionaje y contraespionaje, nada es lo que parece pues en ello consiste la naturaleza de los servicios de inteligencia.
La protagonista hizo un juramento de deber y honor a su país, pero su lealtad es puesta a prueba cuando un desertor le acusa de ser una espía rusa. Los esfuerzos de Salt para demostrar su inocencia se vuelven en su contra. No extraña pues que el espectador contemple una frenética combinación entre apariencia y realidad en un universo impostado, en el que los personajes no coinciden con sus roles.
Retrato del directivo impostor
'Salt puede ser útil para analizar un fenómeno frecuente en el ámbito profesional:
el Imposter Syndrome (IS). En los jefes y jefas aquejados por dicha dolencia también se da –para desgracia de sus colaboradores– una contradicción íntima entre su apariencia y su realidad que obliga a impostar un comportamiento gravemente perjudicial para sus equipos de trabajo.
La tendencia a la impostura aparece en aquellos profesionales que han sido promocionados a puestos que están por encima de sus conocimientos, habilidades y destrezas. Es decir, que han alcanzado lo que el principio de Peter postulaba como "nivel de incompetencia".
El problema se origina en que un jefe o jefa tal no puede dejar ver sus múltiples carencias y desconocimientos a sus equipos, so pena de perder su prestigio y legitimidad de origen. ¿Cuál es entonces la solución a la que se ve abocado? Sencillamente, fingir su puesto. Para un sujeto así dirigir es ocultar y supervisar un ejercicio constante de simulación. ¿Nos suena haberlo padecido en nuestra vida profesional? Me temo una abrumadora cantidad de respuestas afirmativas.
Si profundizamos en la psicología del jefe imbuido por IS, descubrimos que su meta no es el cumplimiento de objetivos ni el desarrollo de su gente, porque posee otra mucho más perentoria: no ser descubierto en su inadecuación al cargo, esto es, en su inutilidad. He ahí su fin último y también su temor secreto. Por eso todas sus conductas son fundamentalmente reactivas, fruto de estar permanentemente a la defensiva para no quedar en evidencia.
Estas son sus pautas:
Delega las tareas más críticas, complejas y conflictivas, abdicando de ellas y endosándolas a sus sufridos colaboradores. Si estos precisan de consulta o ayuda, nunca está disponible.
Supervisa, en cambio, exasperantemente aquellas tareas rutinarias y de baja criticalidad para obtener así visibilidad ante sus colaboradores y superiores.
Sólo fomenta la participación de su equipo en momentos de crisis para pedir sus sugerencias. Si estas son acertadas se cuelga él la medalla de la solución. Si no, culpa al que ofreció la alternativa.
Procura que no haya en su equipo el talento necesario, pues lo percibe como una amenaza a su vulnerabilidad. Numerosos casos de mobbing tienen su origen en esta estrategia impostora.
¿Nos extraña así que por los impostores nuestras organizaciones y sus plantillas padezcan un daño cierto en su eficacia y clima? El mismo perjuicio, salvando las distancias, que Evelyn Salt en nuestra película.Tal vez habría que restaurar en las políticas de promociones aquel viejo lema del mundo clásico: "No parecer sino ser". No sería mala vacuna contra el síndrome citado.

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