domingo, 12 de septiembre de 2010

La vida personal ha invadido la oficina

Por: Lucy Kellaway, columnista de Financial Times.
Hay un nuevo compañero en la oficina que se sienta en la mesa que hay justo detrás de la mía. La mayoría de los días llega temprano, como yo, y mientras ojeo los periódicos, escucho el crujir de las hojas y el sonido del metal sobre la porcelana seguido del ruido que hace al sorber y masticar. Miro atrás y observo que ha apartado su teclado y que junto a él tiene una caja de Fruta y Fibra. Come sus cereales con fruición, mirando fijamente la pantalla de su ordenador. De pronto, se levanta, lleva el tazón al fregadero, lo lava y vuelve a su sitio.
Llevaba varias semanas observando este ritual cuando recibí un correo electrónico de un lector en el que me explicaba que en el banco donde trabaja, los cajones de sus colegas ya no contienen documentos, sino que están llenos de cajas de cereales.
"¿Qué sucede?" preguntaba.
Es una pregunta interesante. Comer cereales en el trabajo carece de sentido. Se tardan 90 segundos en prepara y comer un tazón de Bran Flakes en casa. La nevera está a mano, al igual que el lavaplatos. En la oficina hay una caminata hasta la nevera y te tienes que fregar el tazón tu misma.
El hecho de que los trabajadores pasen por alto esos datos y se coman sus Cheerios en sus mesas de trabajo sugiere que la barrera mental entre lo que hacemos en casa y en el trabajo se ha roto. Durante la última década se ha producido un constante aumento del número de objetos, actividades y emociones que se llevan del hogar a la oficina, así que no queda ya casi nada que pertenezca exclusivamente a casa.
Los trabajadores de las oficinas modernas llevan a cabo casi todos sus rituales matinales íntimos en el trabajo. Aparecen en pantalones de deporte, se dan una ducha, se lavan los dientes y se maquillan.
Las oficinas duplican su tamaño a medida que aumenta de forma descontrolada el número de armarios y salas para lavar la ropa repletas de toallas húmedas y vestuario y zapatos de repuesto. En el perchero que hay detrás de mí cuelgan una chaqueta de rayas, varias camisetas, un par de pantalones chinos y el equivalente a una semana de camisas limpias y secas que pertenecen al nuevo chico.
Una vez aseados, los empleados se presentan en sus mesas, donde son recibidos por multitud de juguetes, alfombrillas, ramos de flores y, por supuesto, fotografías de sus hijos y mascotas. Ni siquiera estos ejemplos del ambiente hogareño bastan. Ahora, nuestros propios hijos acuden a la oficina con regularidad, y algunas de ellas incluso reciben a los perros.
Las diferencias entre nuestra forma de vestir y nuestro comportamiento en casa y en el trabajo se han venido reduciendo de forma constante. Puede que sigamos siendo ligeramente más elegantes y educados en la oficina, pero es una cuestión de grados.
Las lágrimas y los gritos son ya algo del todo aceptado, al igual que los vaqueros y las chanclas. Incluso puede dormirse en el trabajo –se lo denomina una cabezadita para coger energías–. El sexo, las drogas y el rock 'n' roll también forman parte de la vida de oficina. Los dos primeros están prohibidos oficialmente, pero se practican cuando nadie mira.
¿Es que no queda nada que hagamos en casa pero no en el trabajo?
He dedicado muchas horas al tema y he hallado menos de media docena de cosas que todavía no han hecho el viaje. Sigue existiendo el tabú de la desnudez en la oficina, y no creo haber visto a nadie con un pijama de franela. Tampoco he sorprendido a ninguna persona haciendo punto o pintando un cuadro, aunque puede deberse en parte a que son muy pocos los que hacen este tipo de cosas en casa.
Sólo hay una cosa que la gente escoge hacer en casa y no en el trabajo: dar a luz, aunque puede que no tarde mucho en suceder.
Hay una última actividad que hacemos cada vez menos en la oficina –trabajar–. Pero es algo lógico: no hay motivos para trabajar allí cuando en su lugar podemos hacerlo cómodamente en casa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario