domingo, 12 de septiembre de 2010

Huevos de hielo

Por: Fernando Vitoria

No, no piensen mal; ni es el título del último largo de Tarantino ni es un estado de ánimo. Pese a lo sugerente del titular, confío en que voy a ser capaz de desarrollar esta columna sin desviarme del propósito original.

Como quizás conocerán, el pingüino emperador es una especie absolutamente peculiar y sorprendente. De carácter monógamo, una vez la hembra ha puesto un huevo lo pasa inmediatamente al macho, quien lo coloca sobre sus patas y debajo de un pliegue abdominal para protegerlo del frío. Allí, durante más de sesenta días, los machos permanecen apelotonados incubando el huevo y esperando a que las hembras regresen con alimento.

Apsley Cherry-Garrard, en su genial obra “El peor viaje del mundo”, relata con maestría la expedición del Scott al Polo Sur y escribe: “Vimos que estas aves estaban tan deseosas de empollar que entre las que no tenían huevos había algunas que incubaban hielo. Cuando fueron a recoger los huevos, mis compañeros se encontraron en varias ocasiones con pedazos de hielo redondeados, sucios, duros y más o menos del mismo tamaño”.

Corremos el serio peligro de contraer el “síndrome del huevo de hielo”: incubar e incubar con celo sin pensar que nuestro embrión no tiene vida y que todo el autoengaño que hemos vivido durante el periodo de gestación se puede convertir en una enorme decepción llegado el momento de la eclosión.

¿Cuántos huevos de hielo se están incubando en nuestro sector? Muchos, quizás demasiados. Nos enfrentamos a un otoño especialmente delicado en el ámbito económico, y puede que haya llegado el momento de comprobar que nuestro embrión tiene vida y futuro.

Hablamos de eficiencia y productividad en los muelles y la aplicación de la nueva Ley de Puertos, de márgenes para el sector del trasporte terrestre, del impulso al tráfico ferroviario de mercancías y sus corredores, de zonas y parques logísticos, de obras en infraestructuras vinculadas al sector de la logística, de ferias, congresos y derivados, de asociaciones, federaciones y fundaciones rancias y vacías de contenido y actividad, de promesas…

Pero también hablamos de lo cotidiano, de las economías domésticas y de la pequeña y mediana empresa, de intentar sobrevivir “como sea” a la espera del regreso de una coyuntura que nunca regresará, de romper precios o arañar un gramo de la competencia.

La historia que relata Cherry-Garrard, cuya lectura recomiendo vivamente, va mucho más allá de la expedición, de la heroica o la anécdota. Es un relato de personas, sobre personas y protagonizado por personas; el ser humano en estado puro, despojado de ataduras, complejos y circunstancias enfrentado a sí mismo y al entorno. Es así, una vez nos hemos quitado el cascarón, cuando puede emerger la esencia de cada uno.

Para comprender el sector de la logística y enfrentarse a su más inmediato futuro no queda más remedio que dejar que el pasado se vaya escurriendo conforme avanzamos hasta que de él no quede más que un recuerdo del que hemos aprendido mucho.

Ahora más que nunca ha llegado el momento de mirar el huevo que tenemos entre las piernas (con perdón) y tomar decisiones valientes. Lo contrario, con los tiempos que corren, es tentar demasiado a la suerte.

Fuente: http://www.diariodelpuerto.com/noticia.php?not_id=38979

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