viernes, 20 de agosto de 2010

Malos tiempos para buenos jefes

-La incertidumbre exterior
-La caída de las ventas y de actividad que están experimentando las empresas
-No saber si el sector en que compito ha tocado fondo
-El miedo y la desconfianza en las organizaciones
-El resurgimiento del recelo y el escepticismo
Este artículo fue escrito en Noviembre del 2009, considero que la situación no ha cambiado pero por dura que sea los buenos jefes estan preparados para lo peor, El despido por más duro que sea debe hacerse a la altura del despedido, porque el Mundo de los Negocios es un pañuelo y aunque este lloviendo algún día escampará.
Artículo del Prof. Guido Stein
Mis motivos para el optimismo están tasados, pues la realidad que vive un número creciente de los directivos con los que tengo relación personal resulta incontrovertible. A la incertidumbre exterior, debido a las caídas de las ventas y de la actividad que están experimentando las empresas, sin saber todavía en muchos sectores si se ha tocado fondo, se ha sumado la desconfianza (o el miedo) desatada dentro de las organizaciones. Parece como si no fuésemos capaces de saber a qué atenernos. En unos casos el impacto es más agudo, en otros se ha atenuado; sólo en excepciones está ausente.
Incluso en compañías que según magnitudes cuantitativas no deberían ser presa de la inquietud ambiente, o donde esta debería ser muy leve, a poco que uno rasque, el recelo y el escepticismo resurgen con energía.
Cuando las ventas caen un 70% o la actividad se reduce en más de un 50%, las teorías y los buenos deseos se evaporan. Nos quedamos con los cinco millones y pico de parados y unas expectativas magras. Está pasando lo que hace nada hubiera resultado impensable: los emigrantes han empezado a irse (ojalá que pronto les echemos en falta: se lo merecen) y nuestros jóvenes vuelven a los estudios (si no es por temor al examen, que estudien por temor al paro, el caso es que estudien).
El miedo es libre pero tiene padre y madre. En concreto, los progenitores próximos son los despidos, acerca de los abuelos cabe más discusión. La preocupación que la pérdida del trabajo despierta hoy, y el desconcierto o amargura que muerde en quienes ya lo han perdido o saben que lo van a perder, tiñe la situación laboral. Ese clima se contagia a gran velocidad. Además, hay comportamientos desaprensivos que resultan aceleradores. Basta con pensar en el entorno más cercano.
El despido es una experiencia traumática e inolvidable cuando se hace y se recibe bien (signifique lo que signifique esta expresión). Imagínese cuando no se dan una o ninguna de las condiciones mencionadas. Como la situación de crisis lo ampara, hoy estamos echando mano de nuestras peores prácticas y aún pésimos modos. Y no me refiero a las compensaciones económicas, que están tasadas. Nadie va a negar que los ajustes son necesarios.
Pero, ¿no podríamos hacerlo mejor? La incertidumbre se combate con información, pero de fiar (la que se cuenta cara a cara y con datos). Todos somos mayores para saber que pintan bastos, pero si nos va a afectar negativamente nos gusta que nos lo expliquen con rigor y con detalles. Ya pelarse los labios, que para eso estamos.
Tampoco hace falta mucho discurrir para caer en la cuenta que los malos tragos pasan mejor si al que los anuncia se le nota que le duelen: Menos empatía, y más compasión de la de acompañar con la cabeza y el corazón. Nada de dar la noticia y echar a correr despavorido.
Por último, mejor antes que después, y mejor ayudando a buscar alternativas, que no sólo dando el dinero. Si hay que despedir vamos a hacerlo a la altura de las personas que despedimos. Desde antiguo se ha observado que uno de los rasgos esenciales del hombre bueno es su lucidez moral: el hombre bueno sabe qué debe hacer. Mañana podemos ser nosotros.
Fuente: E&E

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