miércoles, 4 de agosto de 2010

La cultura del Fracaso

Robert Enke, portero alemán de fútbol profesional, se quitó la vida ¿Qué pasa por la cabeza de un deportista de 32 años para tirarse a la vía de un tren? Imposible responder.
Por mucho que se intente imaginar su desesperación y angustia, nos sentimos impotentes. No es el primer suicidio en el deporte. Ocaña, Rollán, Urtain… son famosos que en un otoño biográfico marcado por la retirada no encontraron ningún sentido a sus vidas.
Obviando trastornos clínicos, el cóctel fama, dinero, juventud y escasa educación puede ser una bomba.
¿Qué presión es capaz de soportar un joven acunado entre focos y aplausos? ¿Qué responsabilidad tiene el entorno?
En cierto modo formamos parte de un circo que ha transformado el deporte en un espectáculo diseñado para una masa hambrienta de emociones fuertes.
El mundo de los negocios también se presta a tragedias similares. Hay casos de ejecutivos que enfrentados al abismo de su bancarrota personal, optan por lanzarse al vacío. Sin trazar comparaciones frívolas y exageradas, la crisis es una oportunidad para repensar nuestras señas de identidad.
Prácticamente todas las semanas el autor charla con profesionales despedidos que se cuestionan su propia valía personal. He perdido mi autoestima, es una frase que escucho a menudo. Frágil núcleo personal si se evapora con tanta facilidad.
En una economía despiadada abunda el individuo extraviado, difuminado en un conjunto de solos vacilantes e inseguros. La pluma de Tagore se detiene en esta quiebra interior.
“Hay una dualidad en el ser humano. Al ser interior, situado debajo del flujo exterior de los pensamientos, sentimientos y sucesos, se le conoce poco o se le presta poca atención. Cuando la vida interior no consigue armonizar con la exterior, ése ser interior se siente herido y su dolor se manifiesta en el exterior de una manera a la que es difícil dar nombre; es un grito que se parece más a un gemido que a palabras de contenido preciso”.
Cuando el interior de cada hombre y mujer es atropellado por el bullicio exterior, el balance vital arroja un saldo negativo. Para vivir desde dentro hacia afuera, esbozo tres ideas.
1. No podemos confundir el error con el fracaso, no son sinónimos.
Si preparo a conciencia un partido determinado, si gasto toda la gasolina de mi motor, si gozo mientras desarrollo mis conocimientos y habilidades, si mi actitud es positiva y valiente, y luego pierdo, ¿he fracasado Si trabajo con celo y seriedad, y un jefecillo desaprensivo prescinde de mí como si fuera un kleenex, ¿he fracasado? El fracaso es la interpretación mental de una equivocación. Eres un desastre, no vales para nada, todo un diálogo interior trufado de ataques dirigidos a la medula de nuestra identidad personal. El error es un acontecimiento del que se puede aprender. El fracaso es un cartelito que mina mi salud. Envuelto en una espiral perfeccionista, cada gol encajado se transforma en un drama.
2. ¿Qué es el éxito? ¿Quién lo define?
Los demás tienen sobre nosotros el poder que queramos otorgarles. Si dejo que otros respondan una pregunta tan personal, pierdo mi libertad e independencia. El éxito es un estado interior del alma que tiene que ver con la integridad, el esfuerzo, la amistad, el servicio, la felicidad, la bondad, la profesionalidad, la humildad, valores relacionados con nuestra vocación y dignidad. Huérfano de este subsuelo espiritual, el hombre público es fácil que se derrumbe en el anonimato, nuestro destino final.
3. Humor, entendido como una forma de mirar la vida y armar una relación simpática con uno mismo.
El payaso, antropólogo de las lágrimas, es el maestro de las risas. En ellas encuentra el bálsamo para seguir caminando. No sé si hay guerras justas, sospecho que no, pero sin duda la más cruel y despiadada es la que algunas personas sostienen contra sí mismas en su inmensa soledad. Suicidios, depresiones, estrés, manifiestos diversos de una sociedad confundida. El deporte, la empresa, hasta la familia, nos empujan a participar de una competición darwiniana en la que sofocar nuestras dudas. Muñecos vulnerables, algunos se acaban rompiendo sin descubrir su fortaleza interior.
Envuelto en una espiral perfeccionista, cada gol encajado se transforma en un drama.
Por: Artículo del Prof. Santiago Álvarez de Mon

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