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domingo, 18 de julio de 2010

Las nuevas generaciones no tienen complejos

Cientos de miles de jóvenes han recuperado el sentimiento de españolidad, pendiente desde la Transición. Hablan los expertos
Guapos. Espabilados. Con rastas. Macarras. Con extensiones. Listos. Bajos. Estudiosos. Vagos. Altos. Chuflas. Feos. Empollones. Deportistas. Sanos. Maulas. Hijos de la Logse. Nietos de la «OTAN de entrada no». Bisnietos de los sabañones de la posguerra. Los llaman ninis. Y, en efecto. Ni complejos, ni Franco. Solo: yo soy español, español, español. Sin un euro ni un prejuicio en los genes, centenares de miles de chicos han mutado mágicamente el ADN español. Cuando la bandeja de jamón estaba vacía y sus mayores tumbados en el diván de la autoridad monetaria, estos chavales han tiznado sus caras y las calles de España por obra y gracia de la selección de fútbol. ¿España? ¿Saben acaso sus padres qué es España? Algunos la imaginan preñada de nacioncitas políticas; otros cuelgan su bandera, por imperativo legal, en un mástil con la frialdad del verdugo; los más la festejan con la almohada... Ellos no. Ellos, como Casillas, la besan delante de las cámaras: España, España, España. «Si dentro de los límites consentidos se puede imaginar en el fútbol una cosa sublime, es esa. Pero no sucede nunca. Es un sueño». Así definía Pasolini el gol. Pero Iniesta de mi vida hace realidad el sueño y coloca el zapato a Cenicienta antes de que den los penaltis de la medianoche. Y los chicos que aprenden Educación para la Ciudadanía en lugar de empollarse a Cervantes resulta que gritan España. Y, por primera vez en la historia, esa palabra suena a gloria en las gargantas de 7,8 millones de personas, aquellos españoles que, según el INE, han cumplido los 15 y no han llegado a los 29 años. Nacidos en democracia
Unos nacieron cuando España se ponía el puño y la rosa en la solapa; otros cuando Samaranch colocaba una pica en su flandes natal; otros cuando a Felipe González el GAL le corroía las entrañas; otros cuando un secarrón castellano se sentaba en el poder; otros cuando ETA le pegaba un tiro a la España que ellos jalean, en la nuca de un chico que tenía su misma edad... Pero todos bajo el sol redentor de la democracia. Sin contaminación. He aquí la palabra clave, según María Jesús Álava Reyes, psicóloga y autora del libro «La inutilidad del sufrimiento». «Estos chicos no están contaminados —señala—. Se quedan con una cosa muy sencilla; el deporte, el fútbol. Ellos ven a los norteamericanos con una bandera y les parece normal. No creen que por eso se sea de derechas o de izquierdas». La España como problema. Recurrente derrotismo para el 98, para Larra, para Quevedo, para Ortega. Pero no para estos chicos con los que ABC se cita en la Puerta de Alcalá. Allí, Javier (25 años) confirma lo que la psicóloga presumía: «Aún no me lo creo. Ha sido un desahogo inexplicable. Sobre todo se palpaba en el ambiente un sentimiento colectivo de orgullo sin tintes políticos ni ideologías. De repente nadie había perdido». Y es que, según Álava Reyes, «ese optimismo aumenta nuestro sistema inmunológico, nos hace más fuertes». Será por eso que Pablo, con 16 años y casi dos metros de flexibilidad a prueba de fisios, resume, como en una de sus cabriolas, la esquiva idea de patriotismo: «Antes de que ganáramos, había gente que pensaba que sacar una bandera era de fachas». No eran fachas los españoles y mucho menos los miles de inmigrantes, asimilados felizmente al patriotismo. En España viven 4,8 millones de almas que, a juicio de la experta, «son ya españoles de corazón, en primera, segunda y tercera generación». Un fenómeno social fundamental a la hora de analizar este julio que cambió nuestras vidas.
Tanto Pablo como Javier, Rodrigo, Candela, Marta, Luis... tienen el dudoso honor de formar parte de la nación con mayor paro juvenil de la Unión Europea (39,2 por ciento) y en medio de este desolador panorama protagonizan una balsámica catarsis, liderada paradójicamente por quienes buscan sin éxito un líder. La doctora explica que «lo que les ha enorgullecido a los chicos es que los internacionales hayan remontado. Se han visto reflejados en la gesta del control emocional de los jugadores». Claro. Y la diferencia es que ese apoyo inquebrantable no lo fue tanto por parte de los mayores (y qué hablar de los ataques a una periodista). «Acuérdese que muchos adultos, al principio, tuvieron una actitud muy crítica, mientras los jóvenes no les han abandonado nunca». Desde luego. Lo prueba el botón de confianza de los interlocutores de ABC. Como Luis (15 años): «Durante el recorrido del Mundial pasé un poco de susto al principio cuando perdimos con Suiza, pero teníamos a Casillas y sabía que íbamos a ganar». María García Hernández, socióloga y politóloga, cree que el patriotismo «ha sido una satisfacción paliativa del mal momento anímico que vivimos. Esos jóvenes no tienen heridas, ni saben de dictaduras ni de dictadores, solo les conmueven unos héroes españoles». Es cierto. En una charla de apenas una hora con una docena de chavales, la periodista ha escuchado la palabra España más veces que en los 21 Debates del estado de la Nación de la Democracia. Los impulsos fragmentarios y el bucle nacionalista han convertido a España en un concepto cansino. Salvo para ellos. Los adolescentes, según Álava Reyes, «han roto tabúes, se han sentido muy a gusto con los símbolos porque no tienen más que ver en la televisión a Nadal y observar cómo se envuelve en la bandera española. O a Gasol». Frente a una España que duda de sí misma, yo soy español, español, español. Frente a los siglos de frustraciones, que viva España, coreada al son de Manolo Escobar, otrora juglar maldito de la cultura cañí. Frente al «viejo país, ineficiente» de Gil de Biedma, «arriba España» sin más brazo en alto que el que porta la V de victoria. Frente a los particularismo egoístas, a por ellos, oé. La profesora García Hernández cree que algunos adultos son incapaces de enorgullecerse por culpa de un virus de remordimiento. Sin embargo, jóvenes como Pablo que, tiene como salvapantallas la imagen de las banderas españolas de Colón, no están por apostatar de España. Penélope y Bardem La socióloga destaca la falta de individualismo de la selección: no ha habido ni una mala forma, ni un mal gesto. Y eso ha calado en la sociedad de la crispación y de la obviedad televisiva. «Lo que más se acerca de moral y de las obligaciones de los hombres se lo debo al fútbol», dijo Albert Camus. Desde luego algo importante tenían entre sus pies los 23 de Del Bosque puesto que hasta Penélope Cruz y Javier Bardem tuvieron que esperar, para morder un cacho de colorín por su boda, a que la marea durmiera la resaca. «Ellos, como otros actores, también son líderes sociales —afirma la socióloga— aunque desgraciadamente no han servido de catalizadores del patriotismo. Supongo que algún día lo harán. Es inevitable». De hecho, en twitter ya ha habido sus más y sus menos entre Alejandro Sanz y Jorge Lorenzo, al reprochar el cantante al piloto que no se vista de español en Montmeló. El tsunami empieza a romper diques entre las figuras de la cultura, militantes del laicismo civil por la «grosera manipulación franquista de los símbolos». En contra de lo que decía Ortega, el fútbol (o el poder entregado a la masa) no nos ha igualado por abajo sino por arriba. Tanto, que lo mismo da si el chico que corea a España es Gide o el hijo de su portera. Será por ello que apenas había tomado la palabra el miércoles en el Congreso el presidente Zapatero se envolvió en la «emoción colectiva» vivida en España. Y qué decir de los portavoces parlamentarios, en cómica competición por apropiarse de los jugadores exitosos del Mundial para halagar a sus jefes. Jefes que no son del gusto de Rodrigo (20 años), escéptico sobre la posibilidad de que los gritos de Cibeles hayan llegado a las orejas de los leones de las Cortes. «¿Los políticos? No creo que estén a la altura de lo que nos ha dado el equipo: unidad, alegría y orgullo», asegura.
El sociólogo Miguel Panadero Sánchez cree que los nuevos españoles encarnan la España desiderativa que asume el contexto europeo y que está deseosa de despegarse de la tradición derrotista. «De ahí que hayan optado por una expresión desenfadada aunque las circunstancias sean críticas». ¿Tendrá vuelta atrás? Álava Reyes es rotunda: «No. Habrá un antes y un después». Se trata entonces de una sentimentalidad colectiva que estaba pendiente desde la transición. Los jóvenes, convienen los expertos, no saben de malquerencias ni de memorias históricas. Ellos no quieren escarbar la tierra con los dientes, como Miguel Hernández; ni les duele una España atormentada, como a Quevedo; ni alientan la anti-España que lamentaba Unamuno. Son la generación sin complejos. El amor en los tiempos del cólera.
Fuente: Maite Alcaraz, Empresa

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