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domingo, 14 de marzo de 2010

EL MUNDO NECESITA UN PLAN ECONÓMICO A LARGO PLAZO

Cada vez se va haciendo más evidente que la economía global está debilitándose rápidamente y que el ritmo de ese debilitamiento va en aumento. Mientras los gobiernos de Europa, Asia y EEUU comprometen esfuerzos hercúleos para detener esta sangría, casi nadie plantea la pregunta herética de si no sería mejor dejar que la economía global alcanzara su nivel natural de producción antes de proporcionarle estímulos para que se reconstruya. Sólo en EEUU y Europa se han destinado miles de millones de dólares de capital para impedir el hundimiento de unas instituciones financieras que no sólo actuaron a tontas y a locas, sino también irresponsablemente.
¿Es apuntalar a estos gigantes heridos la mejor fórmula de crear una prosperidad duradera de cara al futuro? El problema de mayor calado que afrontan los políticos de ambos lados del Atlántico no es la recuperación económica a corto plazo, que cada vez parece más improbable en 2009. Su problema principal es desarrollar un plan que dé lugar a un crecimiento económico sostenible a largo plazo que se financie con el ahorro y no con más deuda.
Esta es la clave del problema que afrontan los dirigentes políticos de la Unión Europea y Estados Unidos. Sus economías no han caído por casualidad en lo que es prácticamente una depresión. Están padeciendo un crecimiento económico negativo porque han seguido políticas económicas poco prudentes que han alentado el endeudamiento, el gasto y la especulación, en lugar del ahorro y la producción.El resultado ha sido una prosperidad económica artificial que no ha pasado de ser más que un espejismo.
Las políticas monetarias (especialmente en Estados Unidos) han mantenido bajos los tipos de interés durante un largo periodo de tiempo, las políticas fiscales han favorecido el endeudamiento en lugar de la capitalización, las políticas reguladoras han permitido que las instituciones financieras operaran en la opacidad y las políticas sociales han promovido la propiedad de la vivienda con independencia de la capacidad de pago. Se creó una avalancha de demanda económica artificial que sólo podía financiarse mediante el endeudamiento, pues consumidores y empresas nunca llegaron a acumular el capital suficiente para comprar lo que ambicionaban.
A medida que se iba generando una deuda cada vez mayor a través de complejas operaciones financieras y recetas políticas, los precios de los activos financieros (propiedades inmobiliarias, acciones y bonos) se iban encareciendo cada vez más y más. Como consecuencia de todo ello, el valor de esos activos llegó a estar inflado hasta extremos escandalosos en comparación con su valor económico intrínseco.
En un cierto número de países, entre los que figuraban España, Reino Unido y Estados Unidos, se formaron burbujas inmobiliarias.En cuanto estalló la burbuja, en el año 2007, el valor de la vivienda empezó a caer vertiginosamente. Para mayor desgracia, el valor facial de la deuda hipotecaria empleada para adquirir las viviendas no se ajustó a la baja de manera simultánea. Las casas que se adquirieron a precios inflados valen en la actualidad una pequeña parte del valor por el que se compraron, lo que ha supuesto una enorme carga para sus propietarios y para quienes les prestaron el dinero.
De acuerdo con el pensamiento económico convencional, los gobiernos occidentales creen que la forma de reavivar el crecimiento económico es revalorizar otra vez la vivienda y otros activos financieros.El problema de esta forma de afrontar la situación es que exige prestar y gastar billones de euros (y de dólares) para generar una demanda que, en condiciones naturales, no existe.
Una deuda que genera más deuda es un mal remedio para un crecimiento económico a largo plazo. En el mejor de los casos, es posible que los gobiernos sean capaces de insuflar un estímulo a corto plazo a sus economías, pero lo que esas economías necesitan en realidad para lograr un crecimiento económico sostenido son unos cimientos sólidos basados en el ahorro. No se puede sostener indefinidamente una demanda financiada con deuda por los gobiernos, que es la razón por la que estas políticas están condenadas al fracaso a largo plazo. La demanda económica habrá de sustentarse en último término en el ahorro o volverá a hundirse. Los balances económicos de los países occidentales no son unos pozos sin fondo, aunque cada vez se estén empezando a parecer más a agujeros negros.
Esto no significa necesariamente que los gobiernos tengan que desentenderse de todo esfuerzo por estimular la demanda económica a corto plazo, pero sí que deberían ser extremadamente prudentes con la forma en que lo hacen. Es en este punto en el que la realidad política choca con la realidad económica, sobre todo en EEUU, donde un nuevo Gobierno ha tomado posesión de sus cargos con unas expectativas tan elevadas como alejadas de la realidad.
La solución óptima a largo plazo sería la que permitiera que la economía tocara fondo para que luego empezara a recuperarse la demanda de manera natural. Esta forma de abordar el problema aportaría a la economía una base orgánica desde la que desarrollarse.En Estados Unidos, sin embargo, ese escenario traería consigo probablemente una tasa de desempleo del orden del 15% al 20%, lo que políticamente resultaría insoportable. La misión del Gobierno consistiría entonces en proporcionar una red más potente de seguridad (no sólo apoyo financiero, sino también empleo y formación educativa) que ayude a la ciudadanía en esta crisis.
Desgraciadamente, si bien Obama está dispuesto a gastar dinero en reforzar la red de seguridad, para lo que todavía no está preparado es para dejar que caigan instituciones importantes.Como consecuencia de ello, está poniendo en práctica una solución incompleta que no hace sino retrasar el inevitable ajuste de cuentas de la economía. General Motors es un ejemplo que hace al caso. La empresa debería declararse en quiebra de manera inmediata como medio de poner freno a sus responsabilidades crecientes ante acreedores y empleados, a los que posiblemente no tiene esperanza alguna de pagar.
Cada día que pasa sin que se presente formalmente la solicitud de quiebra se retrasa el momento de apertura de un debate franco y honesto sobre si existe un futuro para el fabricante mundial de automóviles.
Al tratar de salvar a todo el mundo, los gobiernos están poniendo en peligro las economías en su conjunto. Generar crecimiento a corto plazo mediante recetas políticas no reproducirá simplemente los errores del pasado. Los gobiernos occidentales tienen en estos momentos la oportunidad de cimentar sus economías sobre bases más estables para un crecimiento en el futuro. Desperdiciar esta oportunidad tendrá consecuencias enormemente negativas de cara a un futuro en el que Occidente va a sufrir la competencia de una Asia que va hacia arriba.
Lo que está en peligro es el balance económico de Estados Unidos y Europa, su calificación crediticia y, en última instancia, su influencia geopolítica. Los planes que sus gobiernos han propuesto para hacer frente a la crisis no abordan de manera adecuada el problema de generar un crecimiento económico sostenible a largo plazo, basado en el ahorro. Eso significa que lo más probable es que cualquier alivio a corto plazo (es decir, cualquier alivio de la crisis a cinco años vista) dé paso a unos años de una tendencia de crecimiento débil porque no se habrá proporcionado a la economía el tipo de cimientos estables que necesita.
El interrogante está en si la sociedad occidental está dispuesta a aguantar en estos momentos el sacrificio necesario para garantizarse un futuro mejor.
Por: Michael Lewitt es analista financiero y presidente de Harch Capital Management.
Fuente: El Mundo

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