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domingo, 28 de febrero de 2010

LA SOCIEDAD QUE DESEABA TODO, TODO, TODO

Nadie le gusta ver la imagen de focas apaleadas y visones despellejados, cuyas pieles acaban siendo destinadas al mundo de la moda. Eso significa que deberíamos abandonar esas cacerías y usar ropas hechas de materiales no naturales. Abrigos de poliéster, trajes de tergal, camisas de nilón. Quizá sean menos atractivos pero son menos mortíferos. Lástima que procedan del petróleo. Si sustituimos pieles por fibras tendremos que dejar que las petroleras hagan más agujeros en la tierra, invadan selvas, ocupen zonas de pesca y transporten crudo de acá para allá en superpetroleros que se rompen de vez en cuando, haciendo un daño terrible a la naturaleza como sucedió en Alaska o en las costas gallegas.
Eso sin olvidar el plástico. Antes de que llegara este polímero, talábamos bosques a mansalva y usábamos la madera para fabricar cuencos, cubiertos, ventanas y barcos. Ahora son de plástico, una de las materias más contaminantes y menos biodegradables del planeta. Ya hemos visto ese reguero de botellas y bolsas de plástico que quedan como una estela de porquería en el ambiente, y hasta se han encontrado delfines ahogados por ingerir esas bolsas.
Sucede lo mismo cuando reflexionamos sobre la cantidad de animales que matamos y nos comemos cada día. Hemos organizado un holocausto animal de proporciones gigantescas. Si todos visitáramos de vez en cuando una carnicería industrial, saldríamos con ganas de ser vegetarianos. Claro que, para alimentar a la humanidad de esta forma, habría que cultivar muchos vegetales. Y para acelerar la producción estaríamos obligados a plantar semillas que resistan los ataques de los insectos y se adapten mejor a los duros climas de algunos países que no tienen casi agua. Eso sólo lo pueden hacer ahora los alimentos genéticamente modificados, los transgénicos. Norman Borlaug, el padre de la revolución verde, creó nuevas variedades de semillas que sacaron del hambre a millones de personas por lo que le dieron el Premio Nobel de la Paz. Según la BBC, entre 1960 y 1990 se duplicó la producción de alimentos. ¿Significa eso que debemos apoyar a las multinacionales que se dedican a hacer experimentos genéticos con trigo, maíz o arroz y que un día pueden alterar el orden natural? Suena mal también porque son como los Frankenstein de la agricultura y pueden eliminar la biodiversidad al introducir semillas antinaturales. Entonces tendremos que acostumbrarnos a una agricultura más orgánica y sostenible pero, claro, sometida al embate del moho y de miles de agentes destructivos. Correríamos el riesgo de pasar hambre.
Sigamos con la energía. Hartos de tantas gasolinas contaminantes, Occidente se dedicó a producir biocombustibles. Plantábamos maíz, soja o girasol y luego convertíamos esos granos en un combustible para tractores, autobuses o coches. ¡Hurra por nuestros científicos! Por fin, teníamos la llave del círculo virtuoso energético. Pero al consumirse tanto biocombustible en Estados Unidos, el precio del maíz se disparó: a principios de 2007 subió a 7,2 dólares por bushel (24 kilos) que era el punto más alto en 12 años. Alguien se olvidó de que es la dieta básica del 47% de los mexicanos. Burritos, tortillas y tamales se dispararon y los más pobres comenzaron a pasar penurias. Eso desembocó en violentas manifestaciones que, con el lema «sin maíz no hay país», pusieron al Gobierno mexicano de Calderón contra las cuerdas. Entonces descubrimos lo malo que es el biocombustible: contamina menos pero fastidia a los pobres que se tienen que alimentar con ese grano.
Lo mismo pasa con el CO2. Una de las energías que produce menos CO2 y origina más electricidad es la nuclear. Tiene dos cosas malas: los desechos, que tardan mucho en desaparecer, y esos accidentes que nos ponen los pelos de punta de vez en cuando. Pero para los países que no tienen petróleo y son secos como España es ideal. pues libera a sus habitantes de la dependencia de las energías fósiles. Y cuando el precio del petróleo sube, los países nucleares ni lo notan. Eso es lo que suele pasar en Francia, pues el 70% de su energía eléctrica es de origen nuclear. La factura de la luz de los franceses apenas se mueve cuando el crudo toca los 150 dólares, como sucedió en 2008. Aquí casi se colapsó el país.
El interés que ha despertado esta energía es tan atractivo que James Lovelock, padre de la teoría Gaia (la tierra es un ser viviente, cuidémoslo), dice que la nuclear salvará el Planeta. Pero nadie quiere que se instale en su pueblo una central y menos un almacén de depósitos, como está pasando ahora en España. Es razonable. ¿A quién le gusta que nazcan ovejas de dos cabezas? No se ha visto ninguna pero tampoco nos podemos fiar. Entonces, dirijamos nuestras miradas a la energía eólica, a la solar y a las no contaminantes. Fenomenal. Un país más limpio y seguro. Bueno, pero quizá más feo porque habrá que aceptar los nuevos molinos de viento que deterioran el paisaje, pues al principio era muy bonito, pero ahora hay tantos molinillos que sólo se puede decir eso de «mira hijo, algún día todas estas aspas serán tuyas».
Y también habrá que aceptar un recibo de la luz más caro porque esas energías cuestan más dinero que la nuclear o hidroeléctrica. ¿Y por qué descartar la hidroeléctrica? Claro, se me había olvidado: para producir esa energía hay que desviar ríos, levantar presas y hacer pantanos. Dos o tres pueblos al garete, mejor dicho, hundidos para siempre con sus ermitas milenarias y sus famosos grillos-tigre.
En resumen, queremos una sociedad con una energía limpia y barata. Una sociedad que fabrique productos que no dañen la naturaleza y que no acabe con la vida de los animales. Una sociedad alimentada con productos no modificados y que elimine el hambre. Una sociedad no agresiva con el planeta.
Yo también quiero eso. Pero no sé por dónde empezar a descartar alternativas, porque si escojo una siempre habrá alguien que salga afectado. ¿Me ayudan?
Por : Carlos Salas
Fuente: Agítese antes de leer / El Mundo

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