lunes, 22 de febrero de 2010

INVICTUS: CONVERTIR LA ADVERSIDAD EN UN TRIUNFO PERSONAL

En 'Invictus' somos testigos de una verdadera transformación desde el odio de dos razas enfrentadas sin remedio a la integración de ambas por un objetivo común.
En Invictus han concurrido tres circunstancias: la primera es El factor humano, el excelente relato del periodista británico afincado en Barcelona John Carlin (1956). Licenciado en filosofía inglesa por la Universidad de Oxford, Carlin había trabajado en México y América Central cuando se convirtió en el corresponsal en Johannesburgo del London Independent de 1989 a 1995. Vivió en primera persona el final del apartheid, la liberación de Mandela, su elección presidencial y el mundial de rugby que unió a esa nación. Con un tono periodístico maravilloso, narra en El factor humano el estilo de liderazgo de Madiba –como cariñosamente llaman sus compatriotas a Mandela–, el anti-maquiavelismo de un líder que estuvo 27 años preso y salió de la celda fortalecido, con un corazón generoso y una mente visionaria.
El segundo ingrediente es la amistad de Mandela con Morgan Freeman (1937), uno de los mejores actores de nuestro tiempo (Paseando a Miss Daisy, Robin Hood, Cadena perpetua, Seven, Million dollar baby, Ahora o nunca, entre otras). Hace tiempo que Freeman quería interpretar al ex presidente sudafricano, pero no tenía un guión lo suficientemente bueno para hacerlo.
Y el tercer elemento que concurre en esta película es la búsqueda de Clint Eastwood (1930), considerado el favorito de Hollywood según el último Harris Poll. El tema del cine de Eastwood es la venganza, desde el heroico Harry el Sucio al pistolero viejo y viudo de Sin perdón, al fotógrafo de Los puentes de Madison, el veterano astronauta de Space cowboys, el entrenador de Million dollar baby o el jubilado de la Ford en Gran Torino. Una profunda evolución desde “el que la hace la paga” del lejano Oeste a la lección de tolerancia de su película anterior y al valor y la sabiduría de Mandela en este Invictus.
La guinda de este pastel –una espléndida crónica periodística, un actor perfecto para el papel y un director de leyenda que ha encontrado lo que buscaba– es Matt Damon (1970), que interpreta a François Pienaar, el capitán de los Springboks –los antílopes, el equipo nacional de rugby–. Este personaje es testigo privilegiado de una profunda transformación desde el odio de los blancos hacia los negros –y el deseo de revancha de éstos– a la integración de ambos en un proyecto nacional. Quienes hemos tenido el privilegio de poder visitar el Museo del Apartheid en Johannesburgo no dudamos de que se trata de un auténtico milagro.
La fuerza de un líder de carne y huesoMandela es el líder más inspirador que nos queda. Sus cualidades de liderazgo son fantásticas: estar centrado en un firme propósito, un alto concepto de sí mismo como servidor público, optimismo, serenidad, autoeficacia, asunción de riesgos, adaptabilidad y resiliencia. Como vemos en Invictus, para Mandela nadie es invisible: todos somos excepcionales, y añade que “hay pocas adversidades en este mundo que uno no pueda convertir en un triunfo personal si cuenta con una voluntad de hierro y las habilidades necesarias”. Mandela intuyó que el deporte (el rugby, el fútbol) puede cambiar el mundo.
En tiempos de enorme dificultad, con una tasa de desempleo que puede llegar al 20% de la población activa, un déficit público desbocado y una enorme sensación de desconfianza, Invictus es más que una película: es la demostración palpable y relativamente reciente (estamos hablando de hechos reales de hace 15 años) de que la espiral de confrontación nos lleva a la destrucción, en tanto que la integración puede unir a un país. El perdón puede limpiar y cerrar profundas heridas. La reconciliación, el respeto a las opiniones ajenas, la tolerancia, hacen grandes a una comunidad.
Somos un país que se siente muy orgulloso de sus deportistas –de la selección española de fútbol, campeona de Europa, invicta en la clasificación del mundial y número uno del ránking FIFA; de nuestra selección de baloncesto, vigente campeona de Europa y del mundo; de nuestros héroes de la Copa Davis, bicampeones; de Alberto Contador, Fernando Alonso, Rafa Nadal, Pau Gasol…– y que no se siente nada orgulloso de sus dirigentes: la clase política es la tercera preocupación de la ciudadanía, tras el paro y la situación económica. La altiva improvisación de unos, que van por libre con nulo sentido autocrítico, y la irresponsabilidad de otros, que tratan de sacar réditos electorales del desprecio y la arrogancia, han provocado un clima de desconfianza, tal como el descenso drástico del consumo y la inversión, la destrucción de puestos de trabajo, un récord de ahorro, que estamos en el furgón de cola de la recuperación económica.
¿Por qué no aplicamos los valores de nuestro deporte tales como la seguridad en nosotros mismos, la serenidad y perspectiva, el optimismo, el espíritu de superación, el respeto por el rival, la influencia sana y positiva a nuestra sociedad? A Mandela le ha servido de inspiración el poema Invictus –indomable– de William Henley, que finaliza así: “No importa cuán estrecho sea el camino,/ cuán cargada de castigo la sentencia./ Soy el amo de mi destino;/ soy el capitán de mi alma”. Sí, somos los amos de nuestros destinos, somos los capitanes de nuestras almas. Juntos.
Mandela es la prueba fehaciente de que es posible. Deberíamos seguir su ejemplo. Es el mejor servicio que podemos prestarle como líder.
Por: Juan Carlos Cubeiro
Fuente: Cine de Gestión / E&E

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