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viernes, 29 de enero de 2010

YOGANOMICS

En el año 2000 José María viajó a Bombay, con motivo de un trabajo realizado para Unit Trust of India, una entidad de inversión colectiva creada por el Estado indio en 1963. Si bien el trabajo no alcanzó conclusiones demasiado concretas -buscaba las pautas temporales de entrada y salida de inversores institucionales en países emergentes-, al menos despertó en mi la curiosidad por el yoga, al asistir a una demostración que una yogini hizo para un grupo de personas que visitábamos la ciudad. Hace unos meses, casi diez años después de aquel viaje, descubrí un centro de yoga a dos manzanas de mi lugar de trabajo.
Sus enormes escaparates me hicieron detenerme a curiosear, y me sorprendió conocer que se trata de "yoga caliente", una práctica que se realiza a cuarenta grados de temperatura -¡como en Bombay!-. Las coincidencias continuaron cuando descubrí que el arquitecto que había diseñado el edificio conocía a un amigo urbanista fallecido hace años y cuando, durante mi primera conversación con una de las profesoras del centro descubrí que teníamos varios amigos en común, sin que su vida o la mía tuvieran aparentemente nada que ver con actividades profesionales y aficiones totalmente disjuntas.
La teoría de los seis grados de separación nos enseña lo pequeño que es el mundo: cualquier vecino del planeta puede estar conectado a cualquier otra persona mediante una cadena de conocidos que no tiene más de cinco intermediarios (Frigyes Karinthy, 1929). El número de conocidos crece exponencialmente con el número de enlaces en la cadena, y sólo es preciso un pequeño número de enlaces para que el conjunto de personas conectadas alcance al total de la población. Cada uno de nosotros tenemos un promedio de 100 personas conocidas. Si cada uno de esos conocidos conoce a otras 100 personas, cualquiera de nosotros puede comunicarse con 10.000 personas, con la intermediación de un solo contacto. Evidentemente cuanto más pasos haya que dar, más lejana será la conexión entre dos individuos y más difícil la comunicación, si bien internet y las redes sociales están acortando a pasos acelerados estas dificultades.
Los loables deseos de generar más riqueza y de elevar nuestra productividad también nos conducen a tratar de extender nuestras redes de contactos, con un tiempo cada vez menor para cultivar la amistad personal. Vivimos a toda velocidad, pero ¿no haríamos mejor las cosas más despacio? En Elogio de la lentitud, Carl Honoré nos hace ver como damos cada vez menos importancia a hacer bien las cosas, a cambio de hacerlas "a tiempo". No dejemos que las prisas nos hagan pasar de largo junto a los escaparates interesantes que la vida pone a nuestro lado.
Por: José María Nogueira.
Fuente: Cinco Días

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