lunes, 11 de enero de 2010

¿UNA SOCIEDAD ALÉRGICA A LOS CAMBIOS?

Una pregunta insistente al arrancar una década nueva se refiere a los efectos duraderos de la anterior. ¿Qué cicatrices dejará la Gran Recesión? Ya estamos viendo algunos. Los estadounidenses se desplazan menos que en cualquier otro momento desde la Segunda Guerra Mundial, informa el demógrafo William Frey, de la Brookings Institution. La gente está muy atada a su vivienda porque, al no aprobarse nuevos préstamos, no puede comprar otra ni mudarse sin tener compromisos laborales previos, dice Frey. Sólo el 1,6 % de los estadounidenses se muda a otro Estado, la mitad del índice hace una década.
Con un mercado laboral en baja forma, los jóvenes también parecen más prudentes. Un nuevo estudio encargado por Fidelity Investments concluye que la cuarta parte de la población activa entre los 22 y los 33 años de edad quiere permanecer hasta la jubilación en su puesto actual: en 2008, la cifra era de sólo el 14%. John Irons, del progresista Instituto de Legislación Económica, teme que muchos estadounidenses jóvenes, careciendo del importe de la matrícula, aplacen o dejen de asistir a la universidad, reduciendo su poder adquisitivo a largo plazo.
Así que la cicatriz más desagradable de la Gran Recesión podría ser una era de frustración económica, caracterizada por un ritmo de crecimiento más lento y encarnizada competencia por los escasos recursos. Aturdidos por las cuantiosas pérdidas sufridas en la Bolsa y el mercado inmobiliario, los estadounidenses ahorran más y gastan menos. Las empresas sufren a consecuencia de una tenue demanda. La contratación sigue siendo lenta. Peor aún, la desaceleración coincide con el envejecimiento de la población, lo que podría agravar los efectos. En 2020, el número previsto de estadounidenses de 55 años o más alcanzará la cota de los 100 millones, un 29% de la población, frente a los 59 millones, o el 21%, de 2000.
«Los jóvenes tienden a ser más innovadores, a estar más dispuestos a asumir riesgos, más dispuestos a hacer las cosas de manera diferente», dice el economista de la Universidad de Stanford Paul Romer en una entrevista realizada para el libro De la pobreza a la prosperidad, de Arnold Kling y Nick Schulz . Como se ha señalado, la inestabilidad actual podría hacer a los jóvenes aún más remisos a asumir riesgos. La gente de edad madura o avanzada podría acaparar la jerarquía empresarial o las becas de investigación superior, como teme Romer. Una sociedad envejecida podría convertirse en una sociedad alérgica a correr riesgos, celosa del estatus quo y resistente al cambio.
En contraste con esta perspectiva pesimista, la refutación estándar evoca la historia. La economía norteamericana es increíblemente resistente, reza el argumento. Ha sido una fuente de empleo consistente: 21 millones en la década de los 70, 18 millones en la de los 80, 17 millones en la década de los 90, 12 millones durante esta década hasta 2007 (los avances más modestos reflejan una creación de empleo más lenta, no un menor dinamismo).
La cultura del todo es posible -la combinación de una ambición acusada con flexibilidad de adaptación y olfato para la innovación- garantiza que en última instancia, la economía se recuperará con vigor. La difícil recesión podría haber mejorado en la práctica las perspectivas a largo plazo purgando a las empresas de cuentas poco saneadas e imponiendo la eficacia. La productividad (producción por hora trabajada) ha aumentado un 4% durante el último año. Los beneficios registran ya un aumento del 21% con respecto a su mínimo; las empresas supervivientes pronto ampliarán plantilla.
¿Qué visión tendrá la razón? La respuesta puede depender de dos cosas: comercio y espíritu emprendedor. La mayoría de los economistas recomiendan una exportación más firme como sustitutivo de un consumo más débil. Por desgracia, eso depende en gran medida del crecimiento económico y las políticas comerciales exteriores. Por el contrario, el espíritu emprendedor es una cuestión más delicada que depende de lo que hagan los estadounidenses.
Si usted duda de su importancia, piense en esto: toda creación neta de empleo desde 1980 hasta 2005 provino de empresas de cinco años de edad o menos, según un estudio de los economistas John Haltiwanger, de la Universidad de Maryland, y Ron Jarmin y Javier Miranda, del Catastro. En un año cualquiera, puede no cumplirse; pero con el tiempo, las empresas maduras destruyen más empleo del que crean. «No son las empresas pequeñas las que cuentan, sino las jóvenes», dice el economista Robert Litan, de la Fundación Kauffman, que encargó el estudio.
Si los estadounidenses no siguen creando nuevas empresas -y no sólo nuevas tecnológicas como Facebook, sino constructoras, floristas, restaurantes, tintorerías, estudios de ingeniería- la economía puede languidecer. Abrir un negocio es un proceso arriesgado, agotador y caótico. Cada año, se registran alrededor de entre 500.000 a 600.000 partos de empresas nuevas, y casi la mitad de muertes. La mitad de las nuevas empresas no llegan al quinto año, dice Litan.
Algunos precursores del crecimiento no parecen prometedoras. En 2009, el capital aportado por empresas de inversión -los inversores de las empresas recién fundadas- a negocios que amplían capital por primera vez alcanzó un mínimo histórico desde que se empezara a realizar la estadística en 1995. Es cierto que las sociedades de inversión de capitales sustentan a una fracción muy modesta de las empresas nuevas, tecnológicas en su mayor parte. Pero el ángel inversor -los amigos y familiares de los empresarios que financian mucho más- también han sufrido grandes pérdidas en inversiones bursátiles e inmobiliarias. También ellos tienen menos para invertir.
Hay en esto una advertencia para la Administración Obama:
las regulaciones complejas o los impuestos elevados pueden desalentar la creación de empresas y de empleo. En cuanto a cuestiones más genéricas, las respuestas pueden seguir siendo turbias años. ¿Nos ha hecho más prudentes la mezcla de trauma económico y años, o simplemente miedosos? ¿Habrá sobrevivido la resistencia económica o habrá dado paso a una sociedad que se resiste a los cambios?
Por: Robert J. Samuelson es analista del diario The Washington Post
Fuente: Mercados / Tribuna / El Mundo

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