domingo, 10 de enero de 2010

MANDELA: UN LÍDER QUE SABE SEDUCIR HASTA A SUS ENEMIGOS

Hombre clave en la historia del siglo XX, Nelson Mandela será uno de los grandes protagonistas de 2010: a partir de este año, su fecha de nacimiento se convierte en el día oficial de la ONU por la lucha a favor de las libertades. Para festejarlo, habrá conciertos, películas, exposiciones, publicación de documentos inéditos... y hasta el Mundial de Fútbol homenajeará su figura. Amigo personal del político sudafricano, y en exclusiva para XLSemanal, el actor Morgan Freeman, que da vida a Mandela en la última película de Clint Eastwood, hace un entrañable retrato del líder más admirado del mundo.
«Le dije a Mandela que, si iba a interpretar su vida, necesitaba cogerlo de la mano. No por camaradería. Si coges la mano a alguien, te transmite su energía, tienes una noción intuitiva de cómo se siente. Durante años, nos hemos visto muchas veces. Teníamos un pacto: cada vez que estuviésemos en ciudades próximas, a menos de mil millas (unos mil seiscientos kilómetros), haríamos por encontrarnos, comer juntos y tomar el té».
Sudáfrica le sienta bien a Morgan Freeman, de 72 años. El actor norteamericano, Oscar al mejor secundario por Million dollar baby, ha pilotado su propio avión y se ha plantado en Johannesburgo para huir de los sinsabores del proceso de divorcio de la que fue su esposa durante 25 años y de los rumores de flirteos que lo han convertido en carne de tabloide. Las secuelas del grave accidente de tráfico que sufrió hace un año todavía son visibles. Lleva un guante compresivo en la mano izquierda, camina despacio y está bastante delgado. Viste de negro, luce un aro en la oreja derecha y se lo ve relajado.En contraste con las turbulencias de su vida personal, su carrera profesional resplandece. Morgan Freeman interpreta a Nelson Mandela en Invictus, película dirigida por Clint Eastwood, que se estrena el 29 de enero en España. Es el papel de su vida, para el que llevaba preparándose 15 años. Y lo borda. La entrevista tiene lugar en el Saxon, el mítico hotel de Johannesburgo donde Mandela terminó de escribir su autobiografía. El guión de Invictus, basado en el libro El factor humano (Seix Barral), del periodista John Carlin, se centra en la reconciliación de negros y blancos, planeada por Mandela y escenificada durante un partido de rugby legendario: la final de la Copa del Mundo de 1995, que Sudáfrica ganó a Nueva Zelanda y que ayudó a la nación a superar las heridas, los miedos y los rencores acumulados durante el régimen del apartheid.
"La gran frustración de Mandela es haber fracasado con sus hijos. Fue un gran padre para la nación, pero no para los suyos"
XLSemanal.En el cine de Johannesburgo donde ayer vi la película sólo había blancos, pero muchos terminaron llorando y una mujer, emocionada, me dijo que aquel partido de rugby fue tan importante porque era la primera vez que todos los sudafricanos celebraban algo juntos.
Morgan Freeman. Sí, fue un momento decisivo en la historia de Sudáfrica. No se trataba sólo de un partido de rugby. Todos los sudafricanos, negros y blancos, se dieron cuenta de que tiraban del carro en la misma dirección. Madiba [para referirse a Mandela, Freeman utiliza el nombre de su clan, una fórmula de respeto y admiración] fue boxeador y sabía que la mejor manera que tiene un país de que todos sus habitantes remen en la misma dirección es el deporte. Y consiguió algo casi imposible: que los negros apoyasen a la selección de rugby, los Springboks, que era un símbolo del apartheid. Y que los blancos comprendiesen que su nuevo presidente no quería revanchas, que contaba con ellos. La gente de Sudáfrica no lo olvidará.
XL. Usted llevaba queriendo hacer de Mandela más o menos desde entonces...
M.F. Sí, fue una sugerencia del propio Madiba cuando publicó su autobiografía.
XL. Pero el proyecto no terminaba de cuajar, ¿por qué?
M.F. Era más que un proyecto. Se había convertido en un desafío personal. Pero su autobiografía, El largo camino hacia la libertad, de la que habíamos comprado los derechos, era demasiado extensa como para reducirla a un guión. Tuvimos que reconocer que nos venía grande y ya habíamos descartado la idea de llevarla a la pantalla.
XL. ¿Temió no poder interpretar nunca a Mandela?
M.F. No. Las cosas suceden o no. De repente cayó en mis manos la sinopsis del libro de John Carlin, que nos daba la oportunidad de resumir la esencia de Madiba en un año, desde que llega a la Presidencia en 1994 hasta el campeonato de rugby. Fue cosa de la providencia.
XL. ¿Cree usted en la providencia?
M.F. Sí, yo nací para ser actor, aunque pasó mucho tiempo hasta que pude serlo. Me alisté en el Ejército, fui mecánico de las Fuerzas Aéreas... Pero siempre tuve esa confianza en mí, desde niño, de que lo mío era actuar.
XL. La fama no le llegó hasta pasados los 50 años, con Paseando a Miss Daisy.
M.F. Bueno, eso es la providencia. Si algo pasa, es que tenía que pasar, aunque haya que esperar. No hay que rendirse.
XL. ¿Cómo es Mandela en la intimidad?
M.F. Una persona cálida, encantadora. Lo fundamental de su carácter es el encanto. Yo siempre he tenido la cualidad de hacer que la gente se sienta cómoda y que baje la guardia, pero en él esa cualidad es un arte. Si habla contigo, habla sólo contigo; te mira a los ojos, se interesa por ti. Sabe seducir incluso a sus enemigos. Hay una escena en la película en la que Madiba reúne a los funcionarios que han trabajado para los gobiernos del apartheid y que tienen asumido que van a ser despedidos y les dice: «Os necesito, el país os necesita». Los deja boquiabiertos.
XL. ¿Y el mundo necesita líderes como Mandela?
M.F. Absolutamente. Obama, nuestro joven presidente, está tratando de emularlo, de parecerse a él; pero no es fácil.
XL. ¿Tan huérfano o tan ansioso está el mundo de líderes carismáticos que le dan el premio Nobel de la Paz a Obama cuando apenas ha comenzado su mandato?
M.F. No lo había pensado, pero es interesante lo que usted plantea. Es una manera de animar a Obama, de comprometerlo. De decirle: «Sigue así, mantén tus promesas, sigue pensando como piensas, queremos que estés a la altura de nuestras expectativas». Yo estoy a favor de que le hayan dado el Nobel.
XL. ¿Por qué Mandela es tan extraordinario?
M.F. Porque no intenta destruir a sus enemigos, sino que trata de convencerlos para que se unan a su causa. Les dice: «No apretéis los puños, yo no quiero tener los puños cerrados. Los tenía cerrados, pero ya no. Sentémonos y hablemos».
XL. ¿Ese mensaje es todavía válido en el mundo actual, con todo lo que `ha llovido´ desde el 11-S?
M.F. ¡Por supuesto! Es más válido ahora que nunca. Sólo hay que ver lo que tenemos ahora en el mundo, todo el odio.
XL. Pero Obama defendió la guerra por una causa justa en su discurso de aceptación del Nobel de la Paz.
M.F. ¿Y no le parece que tiene razón? ¿Que también hay ocasiones en que debes ir a la guerra por una causa justa? ¿Qué hubiera pasado si los aliados no luchan contra Hitler?
XL. ¿Es usted tan optimista como Mandela, que confiaba en que algún día saldría en libertad, que llegaría a ser presidente o que la selección de rugby ganaría a los todopoderosos neozelandeses? Todo estaba en su contra, ¿en el fondo no es un ingenuo con suerte?
M.F. Mandela cree en la bondad del ser humano. Trata de ver el ángel en cada persona, pero no pienso que sea un ingenuo. No creo que piense que el mal no existe, aunque opina que hay algo bueno y precioso en todos nosotros. Y su estrategia es intentar ver lo bueno y decirle, incluso a sus enemigos: «Voy a ver lo bueno que hay en ti para que tú también puedas ver lo bueno que hay en mí». Cuando estaba en la prisión de Robben Island, una de sus primeras tareas fue proponerse que los guardianes lo tratasen con la dignidad que merece un ser humano... y lo consiguió. Lo llamaban «señor», porque él los trató también como a seres humanos.
XL. La película corre el riesgo de convertirse en una hagiografía, una beatificación de Mandela.
M.F. Sí, por eso nos esforzamos por retratar al ser humano. El hombre que se levanta a las cuatro de la mañana y hace su cama porque no puede romper con la rutina de la prisión. Una persona con sus fallos y sus frustraciones.
XL. ¿Y cuáles son esas frustraciones?
M.F. Madiba piensa que ha fracasado con su familia.
XL. En la película trata a sus guardaespaldas, a su secretaria y a su cocinera como si fuesen su familia y es correspondido con el mismo cariño, pero da la impresión de sentirse solo.
M.F. Se sentía muy solo. Estuvo encarcelado durante 27 años y el régimen hizo todo lo posible por destruirlo y, como no pudo, intentó al menos derribarlo de su pedestal. Lo alejaron de su familia: no le dejaron acudir al funeral de uno de sus hijos, que murió en un accidente de tráfico; tampoco pudo ir a la boda de su hija; lo presionaron para que denunciase a su esposa [se divorció dos veces]. Fue un gran padre para la nación, pero su incapacidad para estar a la altura como padre de su propia familia fue una carga muy grande para él.
XL. En Sudáfrica, muchos piensan que el trabajo de Mandela durante los cinco años que fue presidente se ha dilapidado.
M.F. Sí, yo también. El ímpetu de lo que puso en marcha se ha perdido. Los gobiernos que lo sucedieron [todos, del partido de Mandela] no han sabido aprovechar ese ímpetu. Pero el tono que Madiba había impuesto a las relaciones raciales funcionó. Quizá esta película ayude a resucitar ese espíritu.
XL. Pues este verano tienen otra oportunidad como organizadores de la Copa del Mundo de fútbol. Los ojos del mundo estarán pendientes de Sudáfrica.
M.F. Sobre todo, los ojos de muchos países africanos para los que Sudáfrica es un ejemplo de transición pacífica a la democracia. Están esperando ver cómo el país supera sus problemas.
XL. Unos problemas muy graves: sida, tasas de homicidio y violaciones similares a los de un país en guerra y una inseguridad enorme. Sólo hay que mirar todas esas casas con vallas electrificadas. ¿Saldrá Sudáfrica de esta encrucijada?
M.F. No soy un oráculo. No tengo las respuestas políticas.
XL. Y la pobreza sigue siendo una cuestión de raza, la desigualdad es un apartheid más sutil, pero igualmente opresivo.
M.F. Siempre hubo una división entre los que tienen y los que no tienen... y siempre la habrá. Los comunistas trataron de resolver la cuestión, pero no lo consiguieron. Siempre habrá ricos y pobres en las democracias basadas en el capitalismo. Si todo el mundo fuera rico, ¿quién iría a trabajar? Pero el problema en Sudáfrica es que mucha gente está muy, muy desesperada. Y no sé cómo puede solucionarse...
Por: Carlos Manuel Sánchez
Fuente: Megazine / En portada / XL Semanal

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