Cargando...

lunes, 28 de diciembre de 2009

¿SE CONTAGIA LA FELICIDAD? LOS VIRUS SOCIALES

¿Se contagia la felicidad?
Si le presentan a una persona alegre, su felicidad puede crecer un 9%. Si su mejor amigo engorda, usted tiene el triple de probabilidades de engordar. Si el novio de una amiga de su hermana empieza a fumar, las probabilidades de que usted haga lo mismo aumentan un 11%. Son las sorprendentes conclusiones de dos investigadores de EEUU tras estudiar las conexiones sociales a lo largo de 30 años de 5.000 personas.
Durante décadas, sociólogos y filósofos han tenido la sospecha de que la conducta puede ser 'contagiosa'. Ya en los años 30 del siglo pasado, el sociólogo austriaco Jacob Moreno empezó a dibujar sociogramas, una especie de mapas de personas interconectadas por relaciones de amistad o trabajo, en busca de posibles correlaciones. Más recientemente, en 2006, un estudio de la Universidad de Princeton concluyó que si alguien tiene un hijo, hay un 15% más de probabilidades de que sus hermanos tengan uno en los dos años siguientes.
Nicholas Christakis empezó a preocuparse por este asunto del contagio social en 2000, a raíz de su experiencia de visitas a enfermos terminales en barrios obreros de Chicago. Christakis, médico y sociólogo en la Universidad de Harvard, estaba entonces destinado en la Universidad de Chicago y, a sus 38 años, se había hecho un nombre trabajando en la investigación de lo que se conoce como 'efecto viudedad', la propensión de hombres y mujeres a morir poco después de la muerte de sus cónyuges.
Una de sus pacientes era una mujer con demencia senil de cuyo cuidado se había hecho cargo su hija, con la que vivía. Al cabo de unos meses, la hija no podía más. El marido de la hija, por su parte, se estaba poniendo enfermo de tener que afrontar la tensión acumulada por su mujer. Y una noche, después de visitar a la madre, ya agonizante, Christakis volvió a su despacho y recibió una llamada de un amigo del marido. Le pedía ayuda porque también él se sentía superado por la situación.
La enfermedad de la anciana se había transmitido "hasta tres grados de distancia", comenta Christakis casi 10 años después. "Afectaba a la hija, que la había transmitido a su marido, quien, a su vez, la había transmitido a un amigo suyo, el hombre que me llamó por teléfono", explica el médico. De manera que empezó a hablar del caso con colegas y a preguntarse cómo estudiar más a fondo el fenómeno.
En 2002, un amigo común le presentó a James Fowler, estudiante de postgrado de Ciencias Políticas en Harvard. Fowler estaba investigando si el voto se contagiaba 'víricamente' de una persona a otra. El médico y el politólogo estaban de acuerdo en que el contagio social era una área importante de investigación. Y llegaron a la conclusión de que la única manera de resolver los interrogantes que planteaba era encontrar o recopilar un conjunto de datos relativo a miles de personas.
LOS FORMULARIOS VERDES.
Examinaron muchos estudios y descartaron todos. Hasta que Christakis se enteró de un ambicioso proyecto del Instituto Nacional de Salud de EEUU (NIH), el Estudio Cardiológico de Framingham. Se trata de una investigación puesta en marcha en 1948 en esa localidad del estado de Massachusetts para investigar las causas de las enfermedades del corazón.
El estudio parecía prometedor: a lo largo de tres generaciones se venía haciendo un seguimiento bianual a más de 15.000 personas. Así que Christakis concertó una visita a Framingham, una ciudad de unos 65.000 habitantes, para conocer más detalles. Durante su visita, preguntó a los investigadores cómo eran capaces de mantener el contacto con tanta gente durante tanto tiempo. ¿Qué ocurría si una familia se iba a vivir a otra parte? Le enseñaron una hoja de papel verde de gran tamaño. Era el formulario utilizado para registrar la información de cada participante cuando acudía a pasar la revisión médica. En él se les pedía que hicieran constar a todos los miembros de su familia y, al menos, a un amigo suyo.
Christakis sintió un escalofrío de emoción: Fowler y él podían aprovechar aquellos miles de formularios verdes para reconstruir las relaciones sociales entre los habitantes de Framingham –quién conocía a quién–, y remontarse a décadas atrás.
Durante los años siguientes, Christakis y Fowler dirigieron un equipo que examinó todos esos datos. Cuando terminaron, tenían un mapa de las relaciones sociales de 5.124 personas que dibujaban una red de 53.228 conexiones entre amigos, familiares y compañeros de trabajo.
Con esa información, crearon un diagrama animado de toda la red social en la que cada habitante de la localidad estaba representado por un punto que se hacía más grande o más pequeño en función de que hubiera ganado o perdido peso desde 1971. Cuando pusieron en marcha la animación, pudieron observar que la obesidad aumentaba por grupos. Los individuos no engordaban de manera aleatoria. Había grupos de gente interconectada que engordaban al mismo tiempo, mientras que en otros grupos permanecían todos igual y en otros adelgazaban todos.
Cuando un habitante de Framingham ganaba peso, había un 57% de probabilidades de que sus amigos también lo ganaran. Más sorprendente para Christakis y Fowler fue descubrir que el contagio social de la obesidad podía saltarse eslabones: un habitante de Framingham tenía casi un 20% más de probabilidades de engordar si el amigo de un amigo suyo engordaba, incluso aunque el amigo común no ganase un kilo. Si el que engordaba era el amigo del amigo de un amigo, el riesgo de subir de peso de un individuo aún era del 10%.
"Igual que las personas están conectadas, su salud también lo está", escribió la pareja de investigadores cuando, en julio de 2007, publicó un resumen de sus descubrimientos en el 'New England Journal of Medicine'. O, como citan en 'Connected', el libro que acaban de publicar en EEUU: "A lo mejor no los conoces personalmente, pero el compañero de trabajo del marido de una amiga puede hacerte engordar de la misma manera que el novio de la amiga de tu hermana puede hacerte adelgazar".
Durante el año siguiente, el sociólogo y el politólogo continuaron analizando los datos de Framingham y encontraron cada vez más ejemplos de comportamiento contagioso. Fumar, según descubrieron, también parecía ser un hábito que se propagaba socialmente: un fumador incrementaba en un 36% las posibilidades de que un amigo suyo fumara. Y si el amigo del amigo de un amigo empezaba a fumar, las posibilidades de caer en el hábito del tabaco aumentaban un 11%. Beber se transmitía socialmente de una forma parecida. Y también lo hacían la felicidad o la soledad.
LA REGLA DE LOS TRES GRADOS.
En todos los casos, la influencia de cada individuo se extendía hasta un tercer grado de relación antes de desaparecer. Christakis y Fowler bautizaron este fenómeno como la regla de 'los tres grados de influencia' de la conducta humana: no estamos relacionados exclusivamente con aquellas personas que tenemos alrededor sino también con otros terceros en una red que se extiende más allá de lo que somos conscientes.
La pareja aventura la hipótesis de que estos comportamientos se contagian, en parte, a través de señales sociales subconscientes que los individuos captamos de los que nos rodean y que interpretamos como claves de lo que se considera un comportamiento normal. De hecho, los científicos ya habían documentado el fenómeno: se ha demostrado experimentalmente, por ejemplo, que, si una persona se sienta al lado de otra que come más, también ella comerá más. En opinión de Christakis y Fowler, a medida que nuestros amigos van engordando, cambiamos gradualmente nuestra idea de lo que es estar gordo y nos damos el permiso tácito de ganar peso. En el caso de la felicidad, sostienen que, posiblemente, el contagio se produzca a una profundidad aún mayor en el subconsciente: la propagación de los sentimientos positivos o negativos, según ellos, podría estar impulsada por 'neuronas espejo' que, automáticamente, emulan en el cerebro lo que vemos en el rostro de quienes nos rodean.
MÁS AMIGOS, MÁS FELICES.
La pareja descubrió que los habitantes más felices de Framingham eran los que tenían un mayor número de conexiones sociales, aunque esas relaciones no fueran necesariamente profundas. La felicidad, por tanto, no sería sólo consecuencia de mantener intensas conversaciones íntimas sino también de tener a diario muchos pequeños momentos de alegría contagiosa.
Lógicamente, tener más conexiones sociales también aumenta el riesgo de relacionarse con gente malhumorada. Pero Christakis y Fowler aseguran que correr el riesgo de ser más sociable acaba compensando por una sorprendente razón: la felicidad es más contagiosa que la infelicidad. Según su análisis estadístico, cada nuevo amigo alegre puede elevar nuestra felicidad en un 9%, mientras que cada nuevo amigo triste la hace caer sólo un 7%.
Los descubrimientos de Framingham también dan a entender que los contagios se producen de manera diferente según el tipo de relación. Los compañeros de trabajo, por ejemplo, no parecen transmitirse felicidad unos a otros, mientras que los amigos personales, sí. Sin embargo, los compañeros sí transmiten hábitos en relación con el tabaco: si un trabajador deja de fumar, sus colegas tienen un 34% más de posibilidades de dejarlo también.
El hallazgo más curioso de Christakis y Fowler, no obstante, es la idea de que una determinada conducta puede saltarse pasos intermedios, es decir, transmitirse al amigo de un amigo sin afectar a la persona que los conecta entre sí. Si hay personas en medio de una cadena que propagan un contagio social, no tiene sentido que no resulten afectadas también.
Ambos investigadores afirman que no saben con seguridad cómo sucede este salto en la cadena. Sin embargo, sostienen la teoría de que es posible que unas personas sean capaces de transmitir una señal social sin ser afectados por ella. Si uno de tus compañeros de trabajo engorda, puede que, aunque no ganes peso, modifiques tu idea de lo que es ser obeso y se lo transmitas inconscientemente a tus familiares. Si así ocurre, tus familiares pueden sentir que, en cierto modo, les das permiso para engordar. Los críticos con el trabajo de Christakis y Fowler se muestran, sin embargo, mucho más prudentes. A su juicio, la investigación ha puesto de manifiesto correlaciones fascinantes, pero no demuestra que la causa de que haya grupos de gente que engordan o empiezan a fumar a la vez sea necesariamente el contagio social.
Existen al menos otras dos explicaciones posibles. Una es la homofilia, es decir, la tendencia de los individuos a gravitar hacia aquellos otros con los que tienen cosas en común. Es muy posible que una persona que esté ganando peso prefiera relacionarse con personas que también lo estén ganando. O una persona feliz puede tender a buscar a gente que también sea feliz para relacionarse. La otra hipótesis es que sea el mero hecho de compartir un espacio común lo que cause que la población de Framingham evolucione en grupo.
Muchos científicos sociales se encuentran atrapados en una especie de encrucijada emocional en relación con el trabajo de Christakis y Fowler. Como confiesa Alex Pentland, ex director académico del Media Lab del Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) y experto en señales sociales inconscientes, "no se puede demostrar lo que dicen, pero yo me lo creo".
EL CONTAGIO SOCIAL DEL ACNÉ.
Uno de los críticos más destacados es Jason Fletcher, profesor de la Universidad de Yale. El año pasado, él y un economista llamado Ethan Cohen-Cole publicaron dos artículos en los que sostenían que Christakis y Fowler no habían logrado descontar satisfactoriamente los efectos de la homofilia.
Fletcher aplicó las técnicas matemáticas de Christakis y Fowler a otro conjunto de datos, el estudio 'Add Health', un proyecto que examinó la salud de 90.118 estudiantes en 144 colegios e institutos entre 1994 y 2002. Entre las conductas y circunstancias aparentemente transmitidas que descubrió aparecieron algunas tan imposibles de atribuir a contagios sociales como el acné, la altura o los dolores de cabeza.
Algunos científicos han indicado otra limitación importante. El mapa de conexiones entre la población de Framingham de Christakis y Fowler es necesariamente incompleto. Cuando los participantes en el estudio comparecían para el chequeo se les pedía que enumeraran a todos los miembros de su familia, pero sólo a una persona que consideraran amigo íntimo. Eso podría significar que los inquietantes efectos de contagio social entre personas relacionadas en tercer grado no fuesen más que un espejismo. Supongamos que John cita a Allison como amiga, Allison cita a Robert, y Robert cita a Samantha. Christakis y Fowler podrían entonces establecer que John está relacionado en tercer grado con Samantha. Sin embargo, puede que John y Samantha se conozcan de la iglesia sin que haya forma de hacer constar este vínculo al rellenar los formularios. Si John y Samantha engordan, Christakis y Fowler concluirán que se han contagiado la obesidad a través de Allison y Robert, cuando en realidad, puede que haya sido consecuencia de su contacto en la iglesia.
Cuando se plantean estas objeciones a Christakis y Fowler, ambos están de acuerdo en que su mapa de amistades no es perfecto. Pero tampoco creen que tenga tantos agujeros como aducen sus críticos. Cuando cotejaban los formularios, a menudo deducían vínculos entre dos personas que no mencionaban la relación que las unía, lo que reduce el número de falsas conexiones de tercer grado. Les ayudó que muchos participantes en el estudio dieran el nombre de más de un amigo a pesar de que, según las instrucciones, bastaba con dar uno.
Fowler reconoce que es imposible descontar de manera absoluta los efectos de la homofilia. Eso no significa que den la razón a Fletcher. De hecho, puntualizan que el profesor de Yale ha utilizado un modelo matemático menos riguroso que facilita que se establezcan correlaciones falsas y que eso es lo que explica que pudiese deducir que el acné y la altura eran contagiosos. Christakis y Fowler destacan otros dos hallazgos que refuerzan sus argumentos en favor del contagio social. Uno es que, en el estudio de Framingham, la obesidad parecía tener la capacidad de saltar de amigo a amigo a gran distancia. Cuando algún obeso se marchaba a vivir fuera, sus ganancias de peso seguían influyendo en los amigos que se habían quedado en Massachussets, lo cual desactivaría la hipótesis de que sea algo en el ambiente lo que induce a ganar peso.
AMISTADES ASIMÉTRICAS.
El otro hallazgo es aún más fascinante: aparentemente, las conductas se transmiten de manera distinta según el tipo de amistad que haya. En el estudio de Framingham, las amistades no siempre son simétricas. A lo mejor Steven designa a Peter como su mejor amigo, pero es posible que Peter no piense lo mismo de Steven.
Christakis y Fowler descubrieron que esta 'direccionalidad' es de gran importancia. Según sus datos, que Steven engorde no tiene ningún efecto sobre Peter; pero si Peter gana peso, el riesgo de que Steven engorde aumenta en casi un 100%. En el caso de que los dos consideren al otro su mejor amigo, el efecto se multiplica enormemente: el hecho de que cualquiera de ellos gane peso prácticamente triplica el riesgo del otro de que le ocurra.
Un tercer aspecto llamativo es la posibilidad de que la genética tenga que ver en el lugar que ocupamos en una red social. Christakis y Fowler repararon en ello al examinar los datos referidos a la felicidad. Descubrieron que las personas que participaban en más círculos de amistad, aparte de tener mejor salud y más dinero, eran más felices que las personas 'aisladas'.
Si una de estas personas aisladas se las arreglaba para encontrar la felicidad no desarrollaba automáticamente más vínculos de amistad ni emigraba a posiciones de mayor conectividad en el mapa de las relaciones sociales. De la misma forma, cuando una persona bien conectada pasaba a ser menos feliz, mantenía sus vínculos en la red social. Es decir, el nivel de conectividad social afecta a la felicidad, pero la felicidad no tiene efectos sobre la posición que un individuo ocupa en la red social.
EL FACTOR GENÉTICO.
A raíz de esta observación, se preguntaron si había algún componente innato en la capacidad de estar conectado y estudiaron el caso de 500 parejas de hermanos gemelos. Utilizando las técnicas estadísticas que se suelen usar para discriminar el peso de los factores genéticos y los factores ambientales en las diferencias de comportamiento de los hermanos gemelos, concluyeron que el 46% de la diferencia entre el nivel de conectividad de dos gemelos es achacable al ADN. "En general", concluyeron entonces, "una persona con cinco amigos tiene genes distintos que una persona con un amigo".
Los resultados del estudio de Christakis y Fowler pueden llevar a razonamientos espinosos. En una columna publicada en el 'British Medical Journal', Christakis escribió que un punto de vista estrictamente utilitario abonaría la idea de que se prestara mejor atención médica a los individuos bien conectados socialmente porque son los que mayores probabilidades ofrecen de contagiar beneficios. "Una conclusión así", escribía, "me deja muy intranquilo".
Pero también hay aspectos estimulantes en la idea de que estemos tan unidos. "Nosotros también podemos influir en los demás", asegura Christakis. Y, como subraya Fowler, casi todos estamos conectados a más de 1.000 personas en un radio de sólo tres grados de distancia. En teoría, a todas ellas las podemos ayudar a estar más sanas o a ser más felices con nuestro ejemplo contagioso. "Saber que puedes influir en 1.000 personas", afirma el politólogo, "cambia tu percepción del mundo".
LA SOLEDAD TAMBIÉN SE TRANSMITE
El filtrado de los datos del estudio de Framingham también ha revelado algo parecido a patrones de contagio de la soledad. Cuando alguno de los participantes en la investigación pasaba solo un día más a la semana, el nivel de soledad parecía crecer también entre sus amistades. Se observó también que las mujeres son más proclives a 'infectarse' con la soledad de sus contactos sociales que los hombres y que el 'contagio' parecía ser mayor entre amigos que entre familiares. Algo parecido se notó también en relación con el peso. Las ganancias o pérdidas de peso de un amigo parecen afectar más en el peso de una persona que las de su cónyuge. La explicación que dan Christakis y Fowler, en este caso, es que tendemos a construir nuestra imagen de lo que es estar gordo o delgado por comparación con personas de nuestro mismo sexo.
Por: Clive Thompsom
Fuente: Magazine / El Mundo

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada