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domingo, 6 de diciembre de 2009

¿POR QUÉ MIRAMOS PARA OTRO LADO? EL TRAUMA DEL PARO DE LARGA DURACIÓN

Se dice de la crisis actual que es la más grave, por longitud, pero muy especialmente por intensidad, desde el final de la Segunda Guerra Mundial. La contracción del crecimiento se ha acercado en los países de la OCDE al 5%, y el de la economía mundial rondará este año el 1%. Las mayores caídas del PIB en términos reales en los años 2008 y 2009 se van a producir en Japón, con una contracción próxima al 8%, y en Alemania, con el 6,5%, aunque no son muy inferiores para el resto de los países desarrollados.
Sin embargo, no se están considerando suficientemente los efectos a largo plazo, que pueden ser mucho más profundos y con mayores consecuencias sobre la prosperidad de un país, que la mera caída experimentada durante la recesión. Se trataría de incluir y valorar el coste de oportunidad que tiene la crisis en términos de pérdida de crecimiento potencial. Es decir, en el medio y largo plazo.
Las heridas de una crisis se curan normalmente con el tiempo, pero en determinadas ocasiones se dan recesiones cuyas consecuencias tardan mucho en cicatrizar. Ello deriva de que algunas crisis colocan el crecimiento económico en una senda inferior a la existente previamente, generan efectos permanentes sobre las finanzas públicas, amplían la desigualdad en la distribución de la renta y aumentan el paro de larga duración, con las consecuencias correspondientes.
Medidas por su impacto a largo plazo, las peores crisis son aquéllas que tienen su origen en el sector bancario. En su informe más reciente, el FMI ha revisado 88 crisis bancarias entre 1970 y 2002, y llega a la conclusión de que, en un 90% de los casos, producen pérdidas significativas sobre la renta real en el largo plazo que pueden llegar a ser hasta del 13%.
Las causas que impiden recuperar dicha renta son fundamentalmente tres: la pérdida de stock de capital al no encontrar financiación para proyectos viables, la menor productividad derivada del menor gasto en innovación y en investigación y desarrollo y, por último, y seguramente la más significativa, la presencia de un nivel de empleo inferior de modo permanente. El aumento del paro de larga duración surge como consecuencia de la dificultad de reasignar trabajadores desde sectores en declive -normalmente la construcción- hacia otros viables. Esta reasignación es lenta y lleva a que los trabajadores vayan perdiendo habilidades y capital humano durante el periodo en el que se encuentran en desempleo, lo que reduce su productividad y el crecimiento potencial de las economías.
La crisis actual está siendo especialmente dolorosa en términos de generación de paro, y muy especialmente de desempleo de larga duración. En el caso de Estados Unidos, antes del inicio de la recesión sólo el 10% de los parados era de larga duración; esto es, llevaba más de un año sin empleo. La recesión ha destruido allí más de ocho millones de puestos de trabajo, la tasa de paro se ha elevado por encima del 10%, la más alta desde 1983, y el paro de larga duración se ha duplicado hasta el 20% del total. Por decirlo de otro modo, la crisis no sólo destruye empleo con una enorme intensidad, sino que los desempleados se enfrentan a grandes dificultades para encontrar una nueva ocupación, pasando a engrosar las filas del paro de larga duración.
El problema de esta situación es que a medida que los trabajadores alargan su situación de inactividad, mayor es su grado de descapitalización y menos atractivas se hacen sus apititudes para las empresas demandantes de empleo. En otros términos, su empleabilidad se ve mermada de forma creciente, lo que reduce el capital humano disponible en la economía, y consecuentemente, la productividad global, limitando el crecimiento potencial. La Oficina Presupuestaria del Congreso norteamericano señalaba en un estudio reciente que después de un periodo en el paro de más de seis meses, los trabajadores encontraban trabajos con una remuneración inferior en un 20% respecto a la situación previa. Además, uno de cada cuatro parados de larga duración acaba abandonando el mercado laboral, y, por otra parte, cada vez más frecuentemente se encuentran trabajadores con alta cualificación entre los parados de larga duración.
Si miramos la situación en España, el panorama es bastante poco halagüeño. No sólo tenemos el mercado laboral con peor comportamiento de la OCDE, sino que las cifras de evolución del paro de larga duración agravan dicha realidad. En estos momentos, según la EPA del tercer trimestre, un 30% del paro existente en nuestro país lleva más de un año en dicha situación.
En total, tenemos 1,2 millones de parados de larga duración, y sólo en el último ejercicio dicha cifra ha crecido en 600.000 personas. Con tales magnitudes, resulta imposible mejorar la productividad. Además, la distribución de la renta se irá haciendo cada vez más injusta y se estará poniendo en cuestión el futuro del Estado del Bienestar, ya que su financiación será cada día más compleja.
Mientras tengamos más de un millón de parados de larga duración tampoco será posible modificar el patrón de crecimiento de la economía española, y, cada vez de forma más clara, nuestro potencial de crecimiento a medio y largo plazo será inferior. Una sociedad moderna y justa no puede aceptar que un 6% de su fuerza laboral esté compuesta por parados de larga duración. Ésta es una razón adicional para que el Gobierno aborde, de una vez por todas, una reforma de nuestra legislación laboral que permita no sólo limitar el proceso de destrucción de empleo, sino también evitar la expulsión del mercado laboral y la descapitalización de un número cada vez mayor de trabajadores, con las consecuencias económicas, sociales -y sobre su dignidad personal- que ello tiene.
Por: Luis de Guindos
Fuente: Mercados / El mundo

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