domingo, 8 de noviembre de 2009

CUANDO SALE TODO MAL, ¿ES LO QUE HAY, VALOR?

¿Cuál es el límite que distingue la comprensión de la complacencia? ¿Qué hace falta para que la exigencia se transforme en obsesión paranoica? A través de cuatro historias recientes de “cuando las cosas salen mal”, reflexionamos sobre la responsabilidad del directivo de hacerse cargo de las situaciones.
La curiosidad por entender qué es lo que hace que situaciones aparentemente similares sean percibidas por el público en forma muy diferente, y como consecuencia, generen reacciones muy diferentes. Tan diferentes como opuestas. En este caso, el autor se centrara en ciertas situaciones que provocan cuestionar dónde están los límites entre la comprensión y la complacencia, y entre la exigencia y la paranoia.
Obsérvese que aunque intentemos definir estos límites en una conveniente gama de grises, las consecuencias son más bien de blancos y negros. Ser comprensivos (en el sentido de tolerar resultados menos buenos en lugar de mejores) parece bueno, y además, políticamente correcto. Pero en el instante en que nos pasamos de comprensivos, caemos en la complacencia, o cualquiera de sus parientes (indiferencia, negligencia, imprevisión, etc.).
En el otro extremo, la exigencia es generalmente considerada una virtud. Cero defecto, calidad total, satisfacción del cliente, y otras tantas frases hechas son una muestra. Pero en el instante en que nos pasamos de exigentes, este exceso de celo se transforma, según las circunstancias, en una demostración de paranoia, obsesión innecesaria, o burocracia reglamentarista. Naturalmente, estos límites son diferentes para cada individuo, grupo, y sociedad, lo cual garantiza el desacuerdo permanente. Y además son dinámicos, y todavía más interesante, influenciables (o manipulables) por innumerables factores.
Una crisis le ofrece al directivo la oportunidad de mostrarse como máximo responsable de la organización; y este puede elegir presentarse como responsable total, víctima, irresponsable e insensible, y varios otros...
Por: Adrián Edelman
Fuente: Ieem

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