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domingo, 19 de julio de 2009

Ambición, Exitos y fracasos: Macbeth y las brujas de Hécate

1 abril 2008 por José Medina - Revista APD
Muchas de las virtudes que honran a los humanos parecen convertirse en defectos cuando las llevamos al límite. Un noble sentimiento religioso puede exacerbarse hasta el fanatismo. Una sana ambición puede acabar en guerra predadora. Y un liderazgo con éxitos repetidos, en prepotencia y ceguera.
Más de lo mismo no es siempre mejor. Casi todos los comportamientos humanos suelen tener su óptimo en una zona intermedia, donde, según dicen, se halla la virtud. Por eso los griegos escribieron en el Partenón “Nada en exceso”.
Algo así sucede con la ambición y los éxitos o fracasos en la carrera de un directivo. Resumiendo mucho, podríamos decir que una carrera en la que predomina el éxito está ligada a establecer metas ambiciosas, realistas y alcanzables; al aprovechamiento de oportunidades, capacidades y puntos fuertes, y, sobre todo, a no bajar la guardia ante amenazas y a vigilar con candoroso cuidado las propias fisuras y puntos débiles.
Por el contrario, una carrera en la que predomina el fracaso o que culmina en él, suele estar ligada al establecimiento de metas excesivamente ambiciosas y difíciles de alcanzar, a veces en desproporción con las capacidades y puntos fuertes, infravalorando amenazas, ignorando o trivializando puntos débiles y dejando paso a la prepotencia y arrogancia.
Parece como si la excesiva ambición y altas necesidades de reconocimiento forzaran a la persona a apostar alto, ignorando riesgos y dejando el camino abierto al fracaso. Son intentos, a veces desesperados, de mejorar la propia autoimagen. Nada hay más peligroso para una organización que un líder con altas necesidades de autoafirmación y de reconocimiento.
La raíz humana de muchos éxitos o fracasos a lo largo de la carrera reside no tanto en cuán grandes son nuestras capacidades y posibilidades, sino en cuán grande es la distancia entre éstas y los objetivos que nos marcamos. Cuanto mayor sea esta distancia, mayores serán los problemas y más difíciles los retos que va a tener la persona en su carrera o en su vida: “éxitos” discutibles, con alto coste humano, o claros fracasos. Personas con alta autoestima tienden a establecer metas medio-altas y alcanzables, mientras que aquellos con autoestima baja tienden a fijarlas excesivamente altas o bajas.
Si el fracaso del mediocre es comprensible, el del irresistible y con carisma es siempre enigmático. Las organizaciones y la historia están llenas de personajes irresistibles, enormemente capacitados y ambiciosos, cuya carrera y vida culminan en el fracaso.
En su famoso drama “Macbeth”, Shakespeare describe la historia de una ambición desmedida y cómo ésta evoluciona a prepotencia y arrogancia hasta el fatal desenlace.
Macbeth era un hombre extremadamente ambicioso, que, por encima de todo, pretendía ser rey. Sin que la obra explique el por qué, Hécate, la tenebrosa y enigmática diosa del destino, quiso provocar la caída de Macbeth. Para ello encargó a sus tres brujas que le profetizaran un futuro grandioso, que Macbeth creyó con mucho gusto, pues sus ansias de poder eran ilimitadas.
Incitado por las brujas y para lograr sus fines, Macbeth no dudó en ir matando a todos sus adversarios y a cada uno de los amigos que en su carrera le habían ayudado. A medida que avanza el drama, la práctica de sus crueldades y crímenes hace difícil la marcha atrás.
Tras lograr ser rey, no acaba por ello la tragedia de Macbeth. La corona descansa inestable sobre una cabeza atormentada, con sentimiento de culpa por los crímenes cometidos y con sospecha y desconfianza hacia cualquiera que intente desplazarle.
Hasta aquí, el protagonista es la ambición desmedida. Pero la malvada Hécate piensa que la preparación para la caída de Macbeth aún es deficiente y éste todavía puede librarse de la trampa, por lo que da nuevas instrucciones. Hécate no explota más la ambición de Macbeth ni le insiste en cometer más horrores ni en otras persuasiones tibias, sino que explota su confianza y prepotencia, encargando a sus brujas que lo engañen.
Así pues, las brujas vaticinan a Macbeth que puede estar plenamente confiado: “... pues ningún hombre dado a luz por mujer a Macbeth podrá dañar” y “Macbeth nunca caerá vencido hasta el día en que el gran bosque de Birnam suba para combatirle hasta la alta colina de Dunsinan”.
Como las dos condiciones parecen imposibles, Macbeth se siente seguro, confiado y dispuesto a cometer todas las tropelías y crímenes que sean necesarios. Su desgracia es que acaba siendo asesinado por Macduff, nacido de cesárea. Igualmente, el enemigo, camuflado con ramajes tomados del bosque de Birnam, avanza hacia el castillo de Dunsinan, lo asalta y acaba con Macbeth.
De igual forma que los antiguos griegos situaban al destino, pasiones y maldades fuera del ser humano, también parece ser Hécate quien esboza el destino de Macbeth. Pero no hace más que poner en juego las pasiones de éste: su desmedida ambición y su prepotencia. Son éstas las que determinan la destrucción final de seres humanos altamente dotados, haciéndolos a ellos mismos arquitectos y constructores o destructores de su propia carrera.
El drama de Macbeth, que transcurre en el siglo XI, sigue presente en el teatro de la vida y en el de las organizaciones en el siglo XXI.

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